Luis Alberto Romero

artículo publicado

2 de abril de 2000

Sesgos del estudioso

Cuando mira el pasado y piensa en el futuro, el ciudadano juzga: traza una línea entre el bien y el mal. La línea es más nítida cuanto más cosas estén en juego, sobre todo las que tienen que ver con su identidad. Esto no se discute: fue malo, terrible, o bueno, excelente. En cambio el historiador desconfía metódicamente.Su oficio le exige rigor, hacer lo posible por conocer lo que realmente ocurrió. Le enseñan a no dar nada por supuesto, a buscar la evidencia que confirme sus presunciones y a buscar, con más empeño aún, aquella que eventualmente pueda desmentirlas. Un buen historiador sabe que tiene que poner en cuestión su propio sentido común y sus valores, que inevitablemente sesgan su mirada. Si su hipótesis soporta esta confrontación, puede darla por probada. La prueba histórica, a diferencia de la judicial, no consiste nunca en un dato, un documento, un testimonio: se trata de un conjunto coherente de evidencias, siempre fragmentarias, organizadas de modo que expliquen algo. Explicar: ahí está el problema. Como dijo el gran historiador Marc Bloch -ciudadano francés, miembro de la Resistencia y fusilado por los alemanes-, antes que juzgar, el historiador debe comprender. Al comprender el pasado, por muy terrible que éste sea, los contrastes se atenúan, los juicios se hacen menos categóricos, la línea que separa a justos de injustos, se quiebra y se esfuma. Cuanta más comprensión, más matices. Nuestros militares hicieron cosas terribles, y eligieron hacerlas; pero en verdad las Fuerzas Armadas pasaron décadas preparándolos para actuar así.Ante esta proposición del historiador, el ciudadano se indigna, y con razón: íNo debe haber excusas! La cuestión es que el historiador y el ciudadano viven en la misma persona. No hay historiador aséptico, que no tenga sus valores, a veces buenos, a veces espantosos, como lo son -en mi opinión de ciudadano- los de Irving. Un historiador vive en una tensión insoluble. El primer paso es reconocerla; saber uno mismo con qué problemas tiene que lidiar, y decir honestamente cuánto de opinión de ciudadano hay en lo que uno dice. Pero además, la tensión no es mala y puede potenciar a ambos, al historiador y al ciudadano: no hay valores mejor defendidos que aquellos que pueden sustentarse en la verdad, o al menos en el esfuerzo por lograrla.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Comprensión histórica, Historiador

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