Luis Alberto Romero

artículo publicado

30 de agosto de 2012

“Si Néstor lo viera” estaría inquieto y desconcertado

Si Néstor lo viera” es la consigna de una reciente campaña gubernamental. ¿Qué diría? La respuesta no es obvia. Lo veo desconcertado por los cambios y extrañado por los amigos ausentes. No lo imagino muy contento. Más bien, inquieto; muy inquieto.

Muchas cosas eran previsibles, casi inevitables. Aunque la soja sigue pujante, los superávit gemelos, pilares del kirchnerismo clásico, no existen más. Su muerte trajo el problema de la sucesión, que la pareja tenía resuelto. Hoy Cristina tiene que pelear día a día por los recursos, y además lograr una difícil reelección, y las dos cosas no marchan en el mismo sentido.

A ella se la ve firme en la montura, y con las riendas bien tirantes. Pero el “cristinismo” se va apartando paso a paso del kirchnerismo.

Eligió sus propias opciones, renovó alianzas, métodos y consejeros. Eclipsó al fiel De Vido, cajero e interlocutor. Descabezó a varios “empresarios amigos” y con Kiciloff, toma distancia del resto. También se distanció de la CGT y de algunos movimientos sociales, demasiado autónomos para su gusto. El escándalo de Schoklender redujo la significación de las Madres. En suma, perdió sustentos importantes, sobre todo en la calle y en la opinión.

La única alternativa es lo que La Cámpora le pueda organizar, reclutando adherentes en ámbitos de imprevisible utilidad, como los presos, las barras bravas y los escolares. Cristina también les ha confiado la provisión de cuadros para colonizar la administración pública, marginar a la gente de Néstor, de la que desconfía, y poner la máquina gubernamental enteramente a su servicio. Lo hacen bien, pues son disciplinados y profesionales, y carecen de escrúpulos institucionales.

No es seguro, en cambio, que sean eficaces en la administración del Estado y de las empresas estatizadas . Probablemente Néstor habría sido más prudente en este traspaso generacional.

Néstor fue un jefe férreo y despótico, pero ordenaba, negociaba y convencía. Cristina prefiere simplemente mandar.

Disciplinar a su tropa y aplastar a los rivales. Igual que Néstor, pero con menos límites. Desecha los acuerdos sectoriales y hace una fuerte apuesta: llegar directamente a la gente, desplegando su imagen de jefa fuerte y carismática. En televisión, con escenarios preparados con cuidado y rodeada de un público aplaudidor, entabla con ellos un diálogo personal y casero. Ya lo hacía en vida de Néstor, pero con más mesura y tono docente. Desde su muerte habla mucho y muy seguido. Habla de ella, de manera directa y coloquial, menos docta pero más emocional. Una apuesta eficaz pero arriesgada, pues el humor público es móvil, cual pluma al viento. Es posible que “el prudente Néstor” -como el de Homero- le aconsejara no confiar tanto en su histrionismo.

Cristina lleva hasta sus últimas consecuencias el principio de la primacía de la política, que Néstor proclamó, pero usó con moderación. Desprendido de los grandes apoyos sociales, que obraban como ancla y contrapeso, a su gobierno se le soltó un resorte y gira como una rueda loca.

Hay un “derrape”, como escribió el historiador Furet sobre el jacobinismo francés. Le saca a la CGT su botín principal -la caja de las Obras sociales-, la divide, obliga a unos a sacrificar su credibilidad y deja en la vereda de enfrente al único sindicato capaz de parar el país. Los empresarios amigos miran con preocupación el destino de Eskenazi o Cirigliano, añoran los buenos negocios que les ofrecía Néstor y temen el hachazo demoledor.

 

Ni unos ni otros la detendrán en su carrera.

Sin contrapesos, la jefatura se desplaza hoy a velocidad creciente. Ya pasó la época del jefe que se pasaba el día hablando con cada funcionario y llevaba las cuentas fiscales en su cuaderno. Kirchner estaba con las manos en la masa del gobierno. Cristina no la toca.

No le interesa la cocina de la administración, habla poco con sus funcionarios y su círculo íntimo es reducido y poco crítico.

No emite muchas directivas precisas, pero sí un lineamiento general: ir por todo y aniquilar al enemigo . Los funcionarios adictos actúan “en el sentido de la jefa” y buscan su favor compitiendo en extremismo.

El sentido de esta radicalización es la destrucción del enemigo. Kirchner lo proclamó y practicó, aunque dejó siempre abierta una puerta para el diálogo.

Tenía doble discurso, afortunadamente. Cristina parece creer plenamente en lo que dice, y emplea contundentemente los recursos estatales y paraestatales, por derecha y por izquierda. La AFIP es una policía política y la SIDE una agencia de chantaje . El Estado policial avanza, mientras otros organizan los “batallones de las tinieblas”. Opositores, disidentes o tibios descubren que ya no hay reglas, en un combate que ha dejado de ser un juego.

La jefa avanza sin límites, como una columna de tanques que penetra en territorio enemigo, sin cuidarse de si la infantería la sigue o si se montan las líneas de abastecimiento.

Es una radicalización sin contrapesos y sobre todo sin meta, salvo la reelección eterna.

Sólo admite la aniquilación del enemigo, aunque inmediatamente debería recrearlo, pues su fuerza no existe para la victoria sino para la guerra.

¿Hasta cuándo? Seguramente un Néstor redivivo se lo preguntaría.

Lo imagino diciéndole: “Levantá el pie del acelerador, bajá un cambio, que nos estrellamos”.

Yo le diría lo mismo, sobre todo porque, como todos los argentinos, viajo en el mismo auto.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Cristina Kirchner, Néstor Kirchner

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