Luis Alberto Romero

artículo publicado

29 de junio de 1999

Si Perón viviera

Con este Perón imaginario, seguramente la sangre no habría llegado al río. La crisis social era menos grave de lo que nos contaron los represores: las organizaciones armadas habían perdido su magia, y ya no encantaban a la gente como en 1970. El peronismo también había perdido su magia, su capacidad de potenciar cualquier utopía. La economía, básicamente sana, dejaba margen para la negociación con sindicatos en tensión pero- se sabe- constitutivamente negociadores. Perón habría puesto orden. Seguramente con mano pesada, pero por derecha. Con leyes de excepción, ad hoc, pero al fin con leyes (creo que tenía el coraje para asumir las responsabilidades, que le faltó a sus sucesores). Habría armado un partido del orden, pero sin excluir, ni mucho menos exterminar, al polo social conflictivo. Los necesitaba a ambos: al fin de cuentas siempre fue el bombero piromaníaco, que se potenciaba en el conflicto, y que sin el conflicto no podía ser Perón. La reestructuración capitalista, y su secuela más visible, la desocupación, es un fenómeno inevitable y universal, pero en cada lugar se ha dado de manera diferente. La nuestra es una de las peores. ¿Qué habría hecho Perón? No habría vacilado en adecuarse: habría vendido los ferrocarriles, los teléfonos e YPF; habría reducido la injerencia de los sindicatos y estimulado la racionalización. Estas cuestiones, que no hacen a la esencia del peronismo, las habría encarado pragmáticamente. Al fin, fue él quien inició ese camino en 1952. Pero no hubiera habido ni Martínez de Hoz, ni Cavallo, ni capitalismo salvaje. Pertenece a la esencia del peronismo la negociación, en los marcos del Estado, entre las partes del capitalismo: el capital y el trabajo. Aunque la balanza se inclinara del lado del capital- así son los tiempos que corren- él, los sindicatos y otras organizaciones populares habrían empujado para salvar lo salvable del Estado de Bienestar, o simplemente del Estado. Probablemente la mafia que ha acompañado y guiado nuestra reestructuración capitalista- las aves de rapiña de la agonía estatal- habría sido algo más sobria, modesta y acotada. Al fin, el Ejército en que se formó Perón- nunca dejó de ser un militar- tenía un sentido de la mesura, el reglamento y la prudencia que los represores perdieron. En suma, las cosas habrían sido parecidas pero un poco distintas: globalización pero con menos polarización, más Estado y huellas más nítidas de la Argentina tradicional, móvil e igualitaria. Lo que no tendríamos es la democracia. El Proceso nos hizo aprender una dura lección, no sólo por lo que hizo sino porque nos enfrentó con nuestra historia, con nuestras tradiciones, a las que también pertenece Perón. Hemos incorporado a nuestros valores el pluralismo: en una sociedad hay gente con intereses distintos e ideas diferentes, y nadie puede ser la expresión del todo. También hemos aprendido la importancia- aunque más no sea por contraste- de las instituciones republicanas: sea quien sea el que lo ejerce, el poder concentrado es peligroso; es necesario limitarlo, dividirlo, balancearlo. El Perón de 1973 era muchas cosas estimables -quizás esta imagen me resulte mejorada por quienes lo siguieron-, pero no era ni un demócrata ni un republicano. Estaba convencido de que el peronismo era la nación, una y homogénea, y que el disidente, ubicado de un modo u otro en la antipatria, debía ser marginado, excluido. No fue el primero en pensar así, ni tampoco el último- los militares del Proceso llevaron esta idea hasta sus últimas consecuencias-, pero así formó su movimiento, a imagen y semejanza, y así seguía pensando en 1973, por más que se abrazara con el jefe radical Balbín. El era el caudillo, del movimiento y de la patria, y conducía. El rasgo más característico que transmitió a sus seguidores fue el sentido de poder. En el peronismo las políticas son aleatorias, pero en lo que se refiere al poder, hay una constante: lo olfatean, lo cercan sin piedad, lo atrapan, no lo sueltan. No hay reglas. Todo vale. Perón gustaba mostrarse como un león herbívoro que estaba amortizado: estoy convencido de que, si por él fuera, habría muerto abrazado al poder. A esta altura, en este juego hipotético -tan poco afín con el trabajo de los historiadores-, me parece que esto, que es lo último pero lo principal, obligaría a reconsiderar todo lo anterior.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Perón, Políticas económicas

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