Luis Alberto Romero

artículo publicado

25 de enero de 2018

Siempre hubo tiranías, y también repúblicas

En su libro póstumo Democracia, república, oligarquía, Osvaldo Guariglia nos presenta al gran filósofo, fallecido en 2016, en su doble faceta de analista riguroso y de polemista ciudadano. Guariglia, que ha trabajado sobre filosofía política y ética, cree que la argumentación pública –clave en su idea de democracia– está hoy trabada por el uso impreciso, liviano y cambiante de los conceptos fundamentales, como democracia y república.

En su perspectiva, la comprensión de estos regímenes, en constante mutación desde sus remotos orígenes, demanda conceptos con un núcleo semántico y normativo común y estable. Para buscarlos, se remonta a la democracia griega, y a la república romana, según las estilizadas versiones de Aristóteles y Polibio. Algunos estudiosos han encontrado en la tradición antigua –la tiranía griega y el cesarismo romano– formas precursoras del moderno liderazgo carismático de masas y el populismo. Por un camino diferente, Guariglia concluye que existe un núcleo de sentido compartido entre la democracia y la república, que define en tres puntos: la relación recíproca de igualdad entre los ciudadanos, la rotación en el ejercicio de las magistraturas y la preeminencia –salvo en caso de guerras– de las asambleas legislativas sobre los cargos ejecutivos.

Es sabido que esta tradición se fue perdiendo con el Imperio romano primero, la cultura cristiana medieval luego, y las monarquías modernas más tarde, para reaparecer en el pensamiento ilustrado. En este largo hiato, los historiadores de las ideas suelen identificar un único nexo: Maquiavelo, que analizó las repúblicas urbanas del norte de Italia y, siguiendo a Polibio, inició la exploración del régimen mixto. Esta idea, desarrollada en el siglo XVIII por Montesquieu, fundamenta desde entonces la república democrática, pero agregando al legado clásico un componente novedoso: la idea del individuo portador de derechos subjetivos básicos e irrenunciables, que deben ser garantizados por la ley.

La república democrática se basa en dos principios: el gobierno representativo y la división de poderes. El primero constituye un punto intermedio entre la democracia directa –imposible por la dimensión de los nuevos estados– y el gobierno oligárquico, una fórmula que el autor utiliza para definir el dominio de un grupo reducido o de un individuo. Por su parte, la división de poderes, con su sistema de controles y balances, excluye los gobiernos tiránicos y garantiza las libertades individuales.

Sobre esta base, en la sección más densa de su texto, Guariglia expone las principales controversias sobre los aspectos normativos de la democracia representativa. Estos se expresan en un conjunto de tensiones: entre la libertad y la igualdad; entre la desigualdad social y la igualdad política; entre representantes y representados, y finalmente entre la “regla de la mayoría” y los derechos de la minoría. En cada caso, siguiendo a Habermas, encuentra la clave en la opinión pública y la argumentación, libre y fundada, de los ciudadanos iguales.

Frente a este modelo coloca otro, atribuido a Carl Schmitt –aunque sus raíces románticas son muy claras– y retomado por el actual populismo. Se trata de “un desvarío”, a partir de presupuestos diferentes sobre el individuo, el pueblo y la representación, cuyo fundamento último –señala Guariglia– se encuentra en la teología.

Finalmente, analiza dos problemas específicos de las repúblicas democráticas actuales: la deriva al presidencialismo oligárquico y la problemática coexistencia de estas repúblicas democráticas con el orden internacional. El poder personal, estrictamente controlado en la democracia griega y en la república romana, está ausente en el modelo republicano del siglo XVIII, pero sin embargo se convierte en un elemento característico de las nuevas repúblicas de entonces: la estadounidense y las hispanoamericanas. En Estados Unidos –en disputa con el Congreso y la Corte–, el poder presidencial se expandió gradualmente por los sucesivos impulsos de Jefferson, Jackson, Lincoln, Th. Roosevelt, F.D. Roosevelt y G.H. Bush.

En Hispanoamérica, el desorden generado durante las guerras civiles posrevolucionarias popularizó la idea de la presidencia fuerte. La tradición estadounidense fue reformulada en esa clave por Bolívar, el chileno Portales, Alberdi y hasta Sarmiento. El presidencialismo –que aúna el gobierno personal y el de una minoría privilegiada– es un concepto central en el análisis que hace Guariglia de algunos fenómenos contemporáneos, cruzados con los criterios de legitimidad aportados por el populismo.

Finalmente, la globalización reciente tiene un efecto ambiguo. Aporta instrumentos para fortalecer las repúblicas democráticas, proteger los derechos individuales y organizar la economía mundial de un modo racional y equitativo. El futuro depende mucho del afianzamiento de estas instituciones y de los acuerdos que la sustentan. A la vez, la concentración financiera y los violentos cambios que provoca contribuyen hoy a la inestabilidad institucional, la polarización social y la desigualdad política.

Guariglia ve a las repúblicas democráticas navegando hoy por un estrecho, con riesgo de estrellarse contra las rocas de la concentración oligárquica en la economía y la política. Vislumbra un futuro difícil pero no inevitable. Este gran profesor y notable filósofo fue también un luchador, comprometido con aquello que valoraba como lo justo. Aunque el término está hoy algo degradado por usos abusivos, sin duda fue un intelectual cabal.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Aristóteles, Democracia, Dictaduras, Montesquieu, Oligarquías, República, Schmitt

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