Luis Alberto Romero

artículo publicado

10 de diciembre de 2015

Sin ilusión boba, pero con tranquila esperanza

La menuda cuestión del bastón y la banda nos distrae de lo importante: hoy comienza una nueva etapa para nuestro país, que la mayoría de los argentinos encaramos sin ilusión boba pero con tranquila esperanza, confiando en que, tras las previsibles tormentas iniciales, navegaremos por aguas serenas hacia un destino claro.
El nuevo gobierno goza de un consenso mayor que el indicado por el estrecho margen electoral. Se forjó primero en la sociedad civil, que hizo un fructífero ejercicio de reflexión colectiva, y fue expresado luego por los políticos en una fórmula electoral ganadora. Los objetivos compartidos son generales pero claros: poner orden en la macroeconomía, restablecer las instituciones, reconstruir el Estado y sus capacidades e iniciar el largo camino de integración de la sociedad.
Es difícil decir si este programa es de izquierda o de derecha, términos relativos a situaciones singulares. La nuestra está signada por la destructiva experiencia del kirchnerismo, con su arbitrariedad, corrupción cleptocrática y faccionalismo, que muchos definen como de izquierda y otros preferimos llamar de derecha.
La tarea de este gobierno es llegar a un punto en que esa distinción tenga un sentido hoy ausente.
Lo más novedoso es el grupo de funcionarios convocados, todos expertos en sus respectivos campos y preocupados por lo público, lo que augura una adecuada reconstrucción estatal. A la vez, muchos de ellos son jóvenes que miran la política con los ojos del siglo XXI y se niegan a cargar con los conflictos del siglo XX, esas “cosas de viejos”.
Veremos cómo manejan uno de los problemas más urgentes: construir una base política adecuada para sustentar al gobierno, pues la de Cambiemos es hoy insuficiente. Una posibilidad es invitar a barajar y dar de nuevo, como lo hicieron en su momento Justo, Perón, Frondizi y Alfonsín.
Dependerá de qué ocurre con el peronismo: puede galvanizarse en la intransigencia cristinista, algo improbable, o unirse en torno de una nueva jefatura, algo que ocurrirá, pero difícilmente de inmediato. Mientras permanezca dividido, habrá un grupo que se sume al gobierno, donde ya están muchos de ellos, porque unirse a quien gobierna forma parte del alma peronista.
Por ahora hay mayorías parlamentarias y gobernadores ajenos al gobierno, cuyo manejo requiere saberes de la vieja política. Es poco probable que las consignas de la buena voluntad, la cooperación y el mirar para adelante sean suficientes para conmover a los senadores. Habrá que recurrir a alguna dosis del viejo presidencialismo, cuidando de no excederse y traicionar uno de los puntos básicos de su mandato: el restablecimiento institucional.
Lo mismo ocurre con los conflictos con los grupos de interés, inevitables cuando está en juego la distribución del ingreso o cuando se avance sobre viejas franquicias o prebendas, que cada sector considera derechos adquiridos. Todos están alertas. Quizá sea más fácil al principio, cuando el contexto de crisis invite a sacrificios y postergaciones, pero esto se acabará pronto, no bien la recuperación suceda a la crisis. Otra vez, capear estas tormentas, ya conocidas por el gobierno de la Ciudad, excede la buena voluntad y requiere los talentos prácticos de la política, vieja o nueva.
En cuanto a la pobreza, lo que se pueda hacer dependerá en cada caso de la recuperación institucional y estatal. Colocar un policía honesto o un maestro capacitado en cada barriada popular implica un esfuerzo institucional digno de Hércules. La tarea excede al Estado, sobre todo en sus aspectos microsociales, y necesita el apoyo, afortunadamente disponible, del mundo de las asociaciones voluntarias. Solo hay que coordinar su tarea y respetar sus saberes y singularidades.
Estabilizar el país no es tarea sencilla ni breve. Es posible que insuma más de un período presidencial. A medida que se logre, habrá que pasar de la urgencia a la acción de largo plazo, cuyas orientaciones hay que comenzar a discutir ahora. Por ejemplo, una vez restablecidos y diferenciados el Estado y el Mercado, hoy empastados por relaciones colusivas, hay que decidir cuánto de uno y del otro queremos; cuánto de inversión empresaria y cuánto de inversión social.
Similares discusiones habrá que desarrollar en muchos otros campos: la educación, la seguridad, el federalismo, la justicia, los impuestos y tantos otros. En todos los casos hay una premisa común: la existencia de una institucionalidad sólidamente arraigada en las leyes y de un Estado capaz de convertir los proyectos en políticas ejecutables y controlables.
Promover estas discusiones, que deben recorrer los espacios de la política y de la sociedad, es algo que debemos esperar del nuevo gobierno, pero sobre todo de la sociedad civil y sus organizaciones. Después del unanimismo faccioso impuesto en estos años, sería cómodo refugiarnos en un consensualismo fácil, basado en la buena voluntad. Pero es necesario discutir mucho y con firmeza, a los gritos si es necesario, para que queden claras las ideas y los intereses, con la convicción de que al final habrá, en cada caso, ganadores y perdedores, aunque ninguno de los dos lo será totalmente, pues una buena discusión sirve para que cada uno vaya convirtiéndose un poco en el otro.
No estamos acostumbrados a discutir en estos términos. Preferimos negar al otro, como hicimos otras veces y como hoy no debemos hacer. Quizá sea el objetivo más importante y más difícil para los próximos años.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Acuerdos necesarios, Conflictos pendientes, Debates para el futuro, Nuevo gobierno

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