Luis Alberto Romero

artículo publicado

10 de agosto de 2003

Sin lugar para pretensiones totalizadoras

“Tercer Movimiento Histórico” es una fórmula acuñada en los tempranos años setenta. Tiene una impronta romántica: hay un espíritu del pueblo argentino, que sucesivamente se ha encarnado en el yrigoyenismo y en el peronismo, y está dispuesto para su tercera encarnación. Para algunos, hubo incluso otras anteriores, quizás en Rosas o en las montoneras federales.

Tal idea tiene un supuesto fuerte: un líder político y su movimiento pueden representar a la totalidad del pueblo, que es uno, homogéneo e indiviso. Quienes no comulgan con el líder son ajenos al pueblo, y probablemente son sus enemigos. Yrigoyen los llamaba “el régimen falaz y descreído”; Perón, “la antipatria”. En los años 70 eran “la oligarquía y el imperialismo”, artífices de la “dependencia”. Por entonces, se demostró que no había lugar para un tercer movimiento: el peronismo era el único realmente existente.

A partir de 1983, la construcción de la democracia barrió con esas ideas. El nuevo sentido común de la civilidad democrática supuso una concepción plural de la convivencia y de la política. No había un pueblo único sino diversidad y diferencias; había intereses y conflictos, pero a través del dialogo y la negociación era posible llegar a acuerdos razonables, a compromisos.

Aunque predominaron las dos grandes identidades políticas, nadie consideraba que el otro fuera un enemigo; sólo un adversario ocasional, con quien era posible llegar a acuerdos y transacciones.

En suma, la concepción radical de la política confluyó con la tradición liberal y republicana. Hacía ya mucho tiempo que el radicalismo, abandonando su originaria concepción movimientista, había hecho esa conversión. En el nuevo clima, el peronismo abandonó su pretensión totalizadora y se convirtió también en un partido, es decir que admitió ser una parte y no el todo.

La idea de un Tercer Movimiento Histórico circuló en tiempos de Alfonsín, quizá porque se proponía sumar a varias fuerzas políticas en un proyecto común. Faltaba en cambio la idea, esencial en un movimiento, de la pretendida representación unívoca de la nación, y la consecuente colocación de los opositores en el lugar de sus enemigos. Esta idea era ajena a la tradición política de Alfonsín, y también era inadmisible en tiempos de la construcción democrática de entonces. Hoy hay quienes asocian al presidente Kirchner con un Tercer Movimiento. Estaría construyendo una fuerza política propia, superadora del peronismo y capaz de expresar unánimemente al pueblo o la nación. No lo creo.

El peronismo tiene una organización flexible y un discurso polifuncional, que puede adecuarse a Menem, a Duhalde o a Kirchner. Puede adecuarse fácilmente a los cambios del país y de sus problemas. Hoy le falta un jefe, y el peronismo es un movimiento de jefe. Lo necesita. Lo reclama. Sólo funciona eficientemente cuando lo tiene, y está en camino de tenerlo. Hay dos candidatos: uno que controla una parte sustancial del aparato; el otro, con poco aparato propio, dispone del Gobierno, gran herramienta para la construcción del poder. Se avecina una interesante confrontación por la jefatura del movimiento. Del único que existe, del más eficaz, de aquél que ha dado prueba de sobrevivir a todos los pronósticos agoreros. A eso juega Kirchner, a ganar el peronismo, aunque a veces utilice como herramienta a los no peronistas. Igual que Menem, o que Perón.

Hoy el peronismo tiene más o menos la forma y el ethos de un partido: en general, no aspira a hegemonizar la representación de la nación. Es de esperar que Kirchner, si resulta triunfante en la lucha por la jefatura, deje las cosas así y resista la tentación movimientista. Que no vuelvan ni las “veinte verdades” ni la “doctrina nacional” ni la “jefatura espiritual”. Poco sabemos de sus intenciones. Sabemos en cambio cuánto le costó al país aprender las ventajas del pluralismo y la convivencia democrática. Sin ser la panacea, permiten una convivencia civilizada, adecuada para razonar serenamente, entre todos, acerca de los problemas del país.

Publicado en Enfoques - La Nación

Etiquetas: Jefatura peronista, Radicalismo

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