Luis Alberto Romero

artículo publicado

19 de enero de 2003

Sobrevivirá como fuerza en la oposición

La crisis de la UCR no es peor que la de otros partidos. La diferencia es que de los radicales siempre se esperó algo más. No desaparecerá, pero su influencia estará limitada.

¿Qué tiene de singular la crisis actual de la UCR? Pérdida de credibilidad y divisiones internas son hoy moneda corriente en cualquier fuerza política. Pero ocurre que de ellos se esperaba otra cosa, por su tradición, su sólida estructura y su ethos .

¿Final de su historia? No lo creo. La UCR ha soportado ya varias crisis, y cada vez supo renacer de sus cenizas.

Dejemos de lado la tormentosa etapa anterior a la ley Sáenz Peña. Desde 1912, la UCR vivió una crisis de crecimiento. Pudo montar una eficaz estructura electoral de escala nacional, pero al precio de incorporar innumerables y contradictorias fracciones provinciales, a menudo en guerra entre sí. Más que un partido, fue una confederación de facciones, que Yrigoyen lograba mantener unidas y victoriosas con esfuerzo y mucho personalismo, a costa precisamente de la gran escisión antipersonalista.

La segunda crisis se inició en 1930, cuando la UCR -ya reunificada- aprendió a ser oposición, primero del “régimen fraudulento” y luego de Perón. La oposición es una función importante en una democracia y la UCR la desempeñó con dignidad. Durante 25 años fue la encarnación de los valores y el imaginario democrático de la sociedad.

Con la caída del peronismo se inició para la UCR una crisis de disgregación: se dividió, y su tronco principal participó sin reticencias en un largo período de legitimidad democrática turbia. Por esos años el caudal social de fe democrática se fue disolviendo y la UCR quedó asociada con un pasado que la mayoría creyó concluido. Desde 1971 hubo un breve paréntesis democrático; era la hora de Perón, y la UCR se limitó a acompañarlo, sin obstaculizar, pero sin decidir. Otra vez, una oposición leal.

En 1983 comenzó otra crisis, de crecimiento. La UCR supo captar el estado de ánimo colectivo: la renacida fe cívica. Se benefició con todas las ilusiones de la hora, pero cargó enseguida con la inevitable desilusión, consecuencia de sobreestimar la panacea democrática y de una mediocre evaluación de las dificultades. Pese a la dura experiencia de 1989, la UCR conservó esa capacidad para convocar y potenciar el imaginario democrático, y tuvo en 1999 una segunda oportunidad. Su fracaso espectacular como fuerza gobernante desencadena su crisis actual, de disgregación.

POCOS LES CREEN

Esa crisis se subsume en una, más general, de la representación política. A los radicales les pasa más o menos lo mismo que a los peronistas, a las fuerzas progresistas o a la derecha: pocos les creen y no tienen idea de adónde ir. Los radicales no están mucho peor que otros. Y sin embargo, les va peor. Un poco, porque se las ingeniaron para cargar con un desastre incubado desde 1976, del que fueron responsables en medida mínima. Otro poco, porque carecen de esos reflejos tan característicos del peronismo, que pese a la crisis saben aferrarse, aquí y allá, donde ha quedado algún fragmento de poder sólido.

Para las próximas elecciones no tienen futuro, pero creo que volverán a tenerlo. Su división no es seria. Hoy carecen de votantes, pero conservan su estructura y mucho de su identidad y aquelethos , bastante más de lo que pueden esgrimir otras fuerzas políticas, circunstancialmente más exitosas.

Si de algún modo se restablece la normalidad política, la UCR puede recuperar el ejercicio de una función que, indudablemente, sabe desempeñar bien: la de oposición. Lo hizo admirablemente entre 1930 y 1955, y también entre 1973 y 1976. No será poca cosa, en un orden político democrático normalizado.

Publicado en Enfoques - La Nación

Etiquetas: Radicalismo

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