Luis Alberto Romero

artículo publicado

1ro de abril de 2012

Tenemos que merecernos las Malvinas

Los sentimientos y pasiones que despiertan las cuestión Malvinas nos impiden distinguir la diversidad de cuestiones implicadas y discutirlas adecuadamente. Se trata de un nudo, y antes que cortarlo de un tajo, es preferible desanudarlo.

Por un lado está la cuestión entre la Argentina y Gran Bretaña, que se maneja por los carriles del derecho internacional y las negociaciones. La Argentina tiene a su favor el mandato de las Naciones Unidas: ambas partes deben negociar. Gran Bretaña tiene en su haber algo que en términos de su Common Law es irrefutable: 170 años de posesión. La posesión es una cuestión de peso cuando se discute la propiedad; así lo creyó el gobierno argentino en 1982 cuando decidió abandonar las negociaciones, que marchaban bien, y tomar posesión de las islas.

La Argentina tiene buenas razones jurídicas para argumentar. Pero no tiene “la” razón, única e incuestionable. Nuestros principios sobre el mar epicontinental y la plataforma submarina, que según nos han enseñado durante décadas son  incuestionables, no son aceptado por la mitad de la humanidad. Nuestros principios derivados del “uti possidetis”  pueden ser discutidos, en general y en el caso de Malvinas. Reclamamos el fallo de algún alto tribunal, de potestad dudosa en cuestiones internacionales, pero no mostramos en nuestro país mayor preocupación por acatar los fallos de nuestros propios tribunales. La coherencia también cuenta. Creo que sumando y restando situaciones jurídicas y fácticas, podríamos llegar a distintos acuerdos con Gran Bretaña, pero difícilmente logremos que nos concedan lo que parece ser nuestro único y obsesivo interés: la soberanía, una e indivisible.

La segunda cuestión es la de los falklanders. Están allí desde hace 170 años; no existe población originaria sometida, y en rigor nunca la hubo, pese a los mitos históricos. Malvinas no es Argelia o Indochina; no hay forma de invocar el derecho a la autodeterminación, salvo para los falklanders. Aquí se plantea una cuestión de principios y valores. Personalmente creo -siguiendo a Rousseau y a la Constitución- que los estados surgen del contrato libre entre miembros racionales e individuales, que concuerdan en establecer una sociedad política. No creo que exista una tierra prometida por Dios a su pueblo. Los falklanders nunca establecieron un contrato con el Estado argentino. Pueden llegar a hacerlo, pero no pueden ser obligados. En última instancia -y dejando de lado los acuerdos entre la Argentina y Gran Bretaña- ellos deberán decidir.  Podemos pensarlo de otra manera. ¿Cómo imaginamos una incorporación por la fuerza? ¿Expulsión? ¿Campo de concentración? ¿Purificación étnica? Nada de eso es aceptable en democracia.

La tercera cuestión -la que más me preocupa- se refiere a “la soberanía” ¿Por qué solo nos daremos por satisfechos con ella? ¿Por qué ese empeño en plantar la bandera y rebautizar Port Stanley? ¿Por qué imaginar que nuestra vida como argentinos será mejor si lo logramos? Está claro que no se trata de una cuestión de intereses. Si todo se redujera al petróleo o a la pesca sería fácil encontrar un acuerdo conveniente para todos. Pero no lo es. Durante un siglo largo reclamamos por algo que no conocemos, y que en términos prácticos no nos interesa. Pero que está ubicado en el plexo mismo de nuestro nacionalismo. Y el nacionalismo -un nacionalismo patológico, soberbio y paranoico- es el estructurante de nuestra cultura política.

Desde fines del siglo XIX -quizá porque nuestra sociedad era demasiado diversa y móvil- se ha buscado un principio unificador e integrador, que definiera la esencia de la argentinidad y permitiera hablar en nombre de ella.  En aquellos tiempos pudo haber sido la raza, o la religión católica, o la tradición criolla, o la hispana. Todas cuestiones controversiales. Finalmente, nuestra esencia nacional recaló en el territorio: existe un territorio esencialmente argentino -probablemente en un reparto hecho durante la creación- y es argentino todo lo que está en ese territorio. Esta sacralización del territorio esencial hace que la falta de una porción, por mínima que fuera, ponga en cuestión todo el edificio. No sabemos qué son las Malvinas, pero sabemos que constituyen una fisura en nuestra pobre nacionalidad, carente de argumentos mejores para afirmarse.

Uno de los rasgos de nuestro nacionalismo es la combinación de soberbia y paranoia. SE dice que la Argentina tiene un destino de grandeza, que no se puede realizar debido a la eterna conspiración de sus enemigos. Los fronterizos, naturalmente -Brasil, Chile-, y los imperialismos, comenzando por la pérfida Albión y terminando con el Fondo Monetario. Malvinas nos sirve para tener presente que el enemigo está allí, uno y muchos, siempre responsable de nuestros problemas y fracasos. Una tierra irredenta tiene esa virtud: siempre se la puede reclamar, siempre se puede argumentar que nuestras desdichas provienen de su carencia. Siempre se puede culpar a alguien de ello.

Este nacionalismo conforma nuestra cultura política. Aquél que define cuál y cómo es la nación puede, en el mismo acto, establecer quienes están excluidos, quienes son sus enemigos. Externos e internos. Nuestra mejor descalificación política es “vendepatria” o “antipatria”. Desde Evita a Anibal Fernández, se la ha usado con libertad, e indudablemente tiene un fuerte poder discursivo. Suficiente para engendrar una vida política escindida y facciosa, siempre lista para la violencia.  En ese punto, el nacionalismo se hace patológico.

¿Qué hacer? En 1982 lo estropeamos todo. Nos aseguramos que las Malvinas no serían nuestras. Hasta es posible que ese deseo subconsciente haya existido en nuestros militares. Ahora solo podemos esperar a que los falklanders terminen de desenterrar las minas sin explotar que les hemos dejado. Que olviden a los invasores. Que aprecien lo que la asociación con la Argentina puede ofrecerles. Y finalmente, que quieran incorporarse.  Pero para eso hace falta otro largo trabajo de nuestra parte. Tenemos que merecernos las Malvinas. Tenemos que tener un país al cuál quieran sumarse. ¿Que podemos ofrecerles hoy? Cada lector tendrá su respuesta.

Publicado en La Voz del Interior

Etiquetas: Isleños, Soberanía

Volver a artículos de periodismo

Últimos artïculos publicados

30 de diciembre de 2017

“1975”

La palabra Tucumán me recuerda el año 1975 y dos nombres: Amalia Moavro y Rodolfo Richter. Amalia había sido alumna mía en la universidad, en 1970. Tenía 22 años, era estudiosa y tímida, y se quejaba...

Publicado en La Gaceta

2 de enero de 2018

La democracia enfrenta un nuevo desafío de la violencia política

Un muerto hubiera convertido en tragedia el drama de la democracia argentina representado los pasados jueves 14 y lunes 18. En dos escenarios simultáneos, la plaza y el recinto del Congreso, se teatralizaron...

Publicado en La Nación

24 de diciembre de 2017

Los violentos, entre el pueblo y sus representantes

Algo puede estar cambiando en nuestra política, y para mal. El lunes pasado el gobierno ganó en la Cámara de Diputados una batalla política importante, pero la demostración de fuerza de la minoría...

Publicado en Los Andes

Buscar artículos por temas

Luis Alberto Romero
© 2014