Luis Alberto Romero

artículo publicado

Viernes 31 de julio de 2015

Testimonio y pesquisas de los años sísmicos

La década de los 70, desde el Cordobazo hasta el fin de la dictadura militar, definió la transformación de una Argentina vital y conflictiva en otra decadente y exangüe, en la que hoy vivimos. Puede discutirse si ese fue el momento preciso del cambio profundo, pero no su efecto traumático, que llega hasta nuestros días. La crisis de los 70 consistió en la sucesión y acumulación de dos procesos: la fuerte movilización social y política y la dictadura terrorista. Existe una imagen consolidada acerca de los “años de plomo”, prescriptiva y con una poderosa carga ética. En cambio, la imagen de la primera mitad de esa década está menos asentada y sigue abierta a los combates por su historia.

La teoría de los dos demonios –primer relato articulador de esa experiencia– no alcanza a definir adecuadamente a sus sujetos. Uno de los demonios, las organizaciones armadas, surgió en un contexto de movilización y esperanza colectiva, y no es fácil explicar cómo ese movimiento generoso derivó en el frío asesinato político. En cuanto al otro demonio, limitado a los militares, crece una pregunta inquietante para muchos: cuál fue la participación del gobierno peronista, y del mismo Perón, en el terrorismo de Estado anterior al 24 de marzo de 1976.

En estos terrenos, vinculados con vivencias perturbadoras, los historiadores profesionales suelen avanzar lentamente. Desconfiados de las generalizaciones y de las evidencias aparentes, cumplen la función que los ejércitos confían a la infantería: consolidar la ocupación de territorios sobre los que previamente han penetrado la caballería o los tanques. Esa función está a cargo de dos actores: quienes militan en el campo de la memoria colectiva o quienes practican la investigación periodística. Los periodistas avanzan sobre territorios difíciles con mejores instrumentos y capacidades que los historiadores profesionales y liberados de la mochila de probar o explicar. En el género hay obras regulares, buenas y excelentes; entre estas, yo recuerdo las de Hugo Gambini, Ceferino Reato, María Seoane y Marcelo Larraquy, sin cuya ayuda habría entendido poco de esos años. En conjunto, construyen una primera versión, el terreno a la espera de la infantería.

El campo de la memoria del pasado se nutre del recuerdo de los memoriosos y del trabajo de los constructores de memoria. Los primeros aportan una materia prima de calidad para los historiadores, a condición de no creerles ciegamente. Un historiador se forma distanciándose de sus fuentes y sometiéndolas a la crítica. Libros periodísticos y memorias, lo mismo que la novela, el ensayo o la poesía, son todas maneras legítimas de reconstruir el pasado, que es de todos y de nadie, pues tienen que ver con la construcción identitaria y con los proyectos. La preocupación por el futuro explica por qué fluctúa el interés por el pasado. En los años 70 se discutía con pasión sobre Rivadavia y Rosas. En estos momentos, muchos libros debaten sobre la identificación del kirchnerismo con los 70. ¿Clima de “fin de régimen”? ¿Preocupación por otra tragedia colectiva? Para muchos, simplemente el momento del “ajuste de cuentas” con su pasado. Para algunos, como Héctor Leis, la necesidad de contribuir desde un testimonio personal sincero y difícil, a desmontar la polarización conflictiva que se arrastra desde entonces.

Cuatro libros recientes abren ventanas a aquel pasado aún impreciso. María O’Donnell esclarece un episodio con curiosas derivaciones en los años de la democracia (en Born). Ricardo Grassi (El Descamisado. Periodismo sin aliento) y Juan Carlos Garavaglia (Una juventud en los años sesenta) revisan una militancia de la cual la vida los alejó. Sergio Bufano y Lucrecia Teixido investigan uno de los puntos relevantes de aquel pasado.

María O’Donnell escribió El Aparato, una prolija investigación sobre el poder y el dinero en los municipios del conurbano bonaerense. En Born también se trata de dinero y poder: en 1973, el secuestro de los hijos del presidente del grupo Bunge y Born, luego de nueve meses de cautiverio, le reportó a Montoneros 60 millones de dólares. La Organización, que iniciaba el pasaje a la clandestinidad, aseguró a sus cuadros, en muchos casos dudosos, que la financiación estaba garantida. Al episodio, la autora suma una novedad: la entrevista con Jorge Born III, uno de los secuestrados. La parte más interesante se refiere al botín y su destino. Su cobro involucró a David Graiver, muy relacionado con José Ber Gelbard, y al gobierno cubano. En 1976 comenzó la búsqueda del tesoro por parte de codiciosos jefes militares. En 1989 el grupo Bunge y Born se hizo cargo del Ministerio de Economía. El presidente Menem había recibido, para su campaña, una parte de aquel botín, aportada por los jefes montoneros. Un año después Mario Firmenich fue amnistiado en la única causa en la que estuvo condenado. La historia se completa con un episodio propio de la nueva Argentina: R. Galimberti, quien dirigió el secuestro, devolvió parte del botín a Born, con quien se asoció en un emprendimiento televisivo del que participaron Susana Giménez y el padre Grassi. En un libro preciso y poco adjetivado, los hechos hablen por sí mismos.

La misma sobriedad se encuentra en Perón y la Triple A. Las veinte advertencias a Montoneros de Sergio Bufano y Lucrecia Teixido. Ambos vivieron con intensidad la militancia y el exilio y participan del debate actual, con posiciones muy críticas sobre las organizaciones armadas y el peronismo. Este libro tiene un objetivo muy preciso: determinar la participación de Perón en la formación de la Triple A y en los inicios del terrorismo de Estado. Por razones políticas, la investigación de 1984 excluyó los hechos anteriores al 24 de marzo de 1976, pero una vez puesta en marcha la revisión del pasado, surgió el reclamo de extender a esos años el principio de “crímenes de lesa humanidad” cometidos por el Estado.

Los autores construyen su caso con la precisión de un fiscal acusador. Revisan los dichos de Perón en ese año terrible, e identifican veinte “advertencias” a Montoneros. Comienzan con el discurso del 21 de junio de 1973, cuando denuncia a “los infiltrados” y afirma “nosotros somos justicialistas”, y terminan el 17 de junio de 1974, con la muerte ya cercana, cuando dice a los dirigentes sindicales: “tendríamos que emplear una represión un poco más fuerte, y más violenta también”. En doce meses hay un crescendo en el tono de Perón, que a la vez pasa de la inicial confianza en la policía a la construcción de un aparato parapolicial.

A cada una de las “advertencias” le siguió uno o varios hechos violentos: secuestros, torturas y asesinatos, así como la progresiva articulación de las “patotas” peronistas o nacionalistas en otra de raíces estatales, encabezada por el ministro de Bienestar Social. El toque dramático –un detalle de estilo– son los partes de salud de Perón ese año, en el que ya convivía con la muerte. La acusación es contundente: Perón lo hizo, y a conciencia. Allí están los hechos sin adjetivos, a la espera de ser incluidos en las interpretaciones –hoy generalmente parciales– de la espiral de violencia argentina.

En Periodismo sin aliento, Ricardo Grassi recuerda su experiencia como director de la revista montonera El Descamisado. Exiliado en 1977, desarrolló una importante carrera como periodista, en Europa y Afganistán. Apagadas las pasiones, reconstruye con serena distancia su experiencia juvenil, sin otro propósito que dejar su testimonio.

Como muchos jóvenes de entonces, Grassi creyó que fundiéndose con el pueblo peronista podía construir un mundo mejor. Hacia 1970 se sumó a la organización Descamisados e hizo militancia barrial. Un día su organización se fusionó con Montoneros, cuyas prioridades eran otras; poco después le propusieron que imaginara y dirigiera una revista popular que se lanzaría el 25 de mayo. El era periodista y le atrajo esa dimensión profesional.

El Descamisado, ágil y de gráfica espectacular, logró expresar el optimismo irreverente de la JP. Se preocupó por el estilo de la escritura, el diseño, los epígrafes y los títulos. Oesterheld contó la historia argentina en historietas siguiendo a José María Rosa, pues Montoneros no tenía una versión oficial del pasado. La Orga tampoco intervenía mucho en los editoriales; tenía otras urgencias y le bastaba el éxito rotundo, con ventas que no bajaban de 80 mil copias.

Este estado de gracia se acabó el 20 de junio. Se sumó un responsable político, pues la revista estaba obligada a responder, cada semana, los dichos de un Perón en pie de guerra. Grassi y sus compañeros, que miraban el conflicto desde un costado, comenzaron a preocuparse por la brecha que separaba al líder de sus bases. El asesinato de José Rucci fue el golpe más duro; le resultaron inaceptables la decisión de la dirección como la hipocresía de no hacerse cargo. Tras su escritura desapasionada se perciben con claridad las creencias del joven periodista, poeta y militante popular, parecido a tantos.

También singular es el caso de Juan Carlos Garavaglia, uno de las más destacados historiadores argentinos, autor de Una juventud de los años sesenta. También él, que vivió mucho fuera del país, se propone reconstruir una intensa experiencia juvenil, en la que se superponen la historia de su formación como historiador, inspirada en Tulio Halperin Donghi, y la de su politización, con su progresivo descubrimiento del pueblo peronista.

Estudiante, investigador y docente, varias experiencias de apasionada militancia universitaria jalonan su gradual peronización y su incorporación orgánica a la JO, que en 1973 lo destinó a la Universidad del Sur, en Bahía Blanca. Allí, mientras daba clases y dirigía una unidad académica, se inició en la militancia barrial donde, como Grassi y muchos otros, encontró al pueblo que buscaba. Su entusiasmo militante le valió ser incorporado al selecto grupo de la Orga, la Organización Armada Montoneros.

Por entonces, haciendo prácticas de tiro y participando en alguna operación, descubrió que “matar o morir” no era una metáfora sino una circunstancia probable, para la que no estaba preparado. Otros, en la misma encrucijada, optaron por comprometerse definitivamente. El comenzó a retirarse, primero de Bahía Blanca y luego del país, para desarrollar en Europa su profesión de historiador.

Su relato abunda en las ambigüedades y contradicciones entre viejas y nuevas convicciones, propias de cualquier reconstrucción del propio pasado. En esa compleja trama reside la riqueza de este libro en el que, además, aflora cada tanto el historiador de oficio. A diferencia de Grassi, Garavaglia tiene opiniones firmes sobre lo que pasó y pasa en la Argentina; aunque quiere evitarlo, emergen inesperadamente, por ejemplo cuando confiesa que el diario La Nación y más recientemente Clarín le resultan imposibles de digerir. Este anclaje en el presente corona un texto de enorme riqueza testimonial.

Estos libros se centran en los temas más notorios, como los dirigentes, las organizaciones o los asesinatos. Una parte importante sigue oscura: las organizaciones sociales militantes –trabajadores, abogados, villeros– y su relación con las organizaciones armadas. Es un territorio amplio, donde la politización se encendió vinculada con la vida cotidiana. Mientras dure el interés de los lectores, los libros testimoniales y periodísticos seguirán editándose, y ayudarán a la comprensión de un período que todavía no se ha enfriado lo suficiente como para que los historiadores profesionales puedan producir versiones medianamente equilibradas. Las nuevas generaciones avanzan sobre el tema, como la infantería, con mente más fría y muchas precauciones, porque el territorio está minado. Pero siguen necesitando de estas incursiones profundas, quizá subjetivas e insuficientemente probadas, de memoriosos y periodistas investigadores. Seguirán los combates por el sentido del pasado, pero gradualmente los fragmentos se integrarán y se desplegará una imagen compartida que nos permita terminar de elaborar una etapa de la historia tan decisiva como conflictiva.

Publicado en Revista Ñ

Etiquetas: Los años setenta, Montoneros, Perón, Triple A

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