Luis Alberto Romero

artículo publicado

24 de diciembre de 2011

Tres décadas de estabilidad democrática y poca ciudadanía

Estamos cerca de cumplir treinta años de estabilidad democrática. Por otra parte, hace algo mas de treinta años la sociedad argentina perdió la distintiva característica democrática que tuvo durante muchas décadas del siglo XX. En consecuencia, tenemos democracia, pero cada vez hay menos ciudadanos conscientes, de esos que otrora consideramos un elemento, si no suficiente, al menos esencial.
A lo largo de la primera mitad del siglo XX ambos procesos se desarrollaron en paralelo. La Argentina construyó una sociedad democrática, en el viejo sentido de la palabra –el de Tocqueville y Sarmiento–, donde no se reconocían estamentos y linajes, y como decía Artigas, “naides es más que naides”. Esa sociedad generó una ciudadanía con vocación para la igualdad política. Le dio sentido a la ley Sáenz Peña y animó al radicalismo y al peronismo, nuestras dos grandes experiencias democráticas de la primera mitad del siglo. De esos procesos nos habla Alejandro Cattaruzza en su libro Historia de la Argentina 1916-1955, que forma parte de la Biblioteca Básica de Historia, publicada por Siglo XXI Editores.
Una nueva sociedad. Desde fines del siglo XIX, con la inmigración masiva, la sociedad argentina se construyó de nuevo, borrando buena parte de los rasgos aristocratizantes que quedaban de la época colonial. No fue igual en todo el país; en el viejo Interior perduraron los rasgos tradicionales, pero en la zona moderna y expansiva del Litoral, y en los territorios que se incorporaron con el avance de las fronteras, se constituyó una sociedad con amplia predisposición para recibir a los recién llegados, ofrecerles trabajo, educación para sus hijos y posibilidades para prosperar. En su medida, cada uno lo logró: es raro que los hijos y nietos de los inmigrantes no estuviesen en mejor situación que sus pares, en ingresos o consideración social. La educación fue decisiva, entre otras cosas porque formó argentinos lectores, capaces de conocer las ideas y participar de los debates. Este impulso movilizador y democratizador, no carente de conflictos, caracterizó el proceso social hasta la década de 1970. Se ha hablado de una sociedad de clases medias, para describir ese proceso, que singulariza a la Argentina entre los países latinoamericanos.
Una de los rasgos de la nueva sociedad fue el impulso de sus miembros para organizar asociaciones. De todo tipo: de los inmigrantes, por su lugar de origen; de los trabajadores, por su oficio o gremio; de los vecinos, que animaron cooperativas o sociedades de fomento; de los feligreses, en torno de sus parroquias. Así se construyeron los lazos que estructuraron la nueva sociedad.
Pero además, estas sociedades constituyeron a los ciudadanos, que percibieron la relación entre su comportamiento personal y el público. Quizás alrededor de una cooperadora escolar o de una sociedad de fomento, preocupadas por la mejora de los bienes de usa público y encargadas de la gestión ante las autoridades. La ley Sáenz Peña, que obligaba a los habitantes a votar y ser ciudadanos, encontró una base de argentinos dispuesta a entusiasmarse con un candidato como Yrigoyen, que prometía la regeneración política. Pero además, encontró gente con experiencia ya hecha, dispuestos a ingresar en un comité partidario y darle un sentido político a su activismo social.
La UCR fue el primer partido democrático y democratizador. Yrigoyen le imprimió un estilo populista y plebiscitario, acorde con las formas, entonces novedosas, de la democracia de líder, y poco afín con las instituciones republicanas. Quienes lo sucedieron, en los años 30 –Justo, Ortiz, Castillo– declararon mayor aprecio por esa tradición republicana, pero no vacilaron en falsear sistemáticamente el sufragio.
Pero estas alteraciones institucionales, muy graves, no significaron una discontinuidad en las prácticas de participación política y de debate de ideas, que fue tan intenso en los años treinta como en los veinte. Los sindicatos fueron una fuerza social con capacidad de intervención política, y a la vez un foro de debate de distintas orientaciones ideológicas. Las izquierdas incorporaron nuevas ideas, como el latinoamericanismo; las corrientes progresistas animaron los debates de las bibliotecas populares y los católicos produjeron un fructífero intercambio con los nacionalistas.
Si el fraude aplacaba el interés por la política local, las circunstancias mundiales animaron la discusión, y gradualmente la opinión se polarizó en favor y en contra del fascismo. En suma, aún con fraude, muchos de los ingredientes de la política democrática seguían vivos en una sociedad lectora, abierta y dinámica, que animaba el debate de ideas.

Naides más que naides. Creo que hasta aquí mis opiniones coinciden básicamente con las del libro de Cattaruzza, salvo matices. En lo que sigue, es posible que estos matices sean un poco mayores. En mi opinión, el peronismo, que gobernó entre 1946 y 1955 forma parte de la historia de la democratización social y política. El “naides es más que naides” se convirtió en doctrina –la justicia social–, y el Estado hizo mucho por acelerar la integración y asegurar que cada uno tuviera su oportunidad. José Luis Romero escribió que la justicia social potenció la ideología espontánea de la movilidad y el ascenso. En la política, la legitimidad electoral del peronismo fue clara y contundente. El derecho al sufragio se extendió a las mujeres y a los habitantes de los territorios nacionales, más que duplicando el padrón de electores. Es difícil presentar credenciales democráticas más contundentes que estas.
Pero debe señalarse que en el mundo existen distintos tipos de democracia, que cumplen el requisito básico del sufragio popular. Como en los vinos, algunas cepas se dan mejor que otras. La democracia republicana tuvo poco desarrollo en la Argentina. El peronismo formó parte de una familia que asignó poca importancia a las instituciones republicanas, a la división de poderes, a la ley, y en general a las cuestiones que llamó “formales”, y privilegió la voluntad política del líder, cuya legitimidad se asentaba tanto en los sufragios como en las demostraciones masivas de quienes delegaban su voluntad política en el conductor. El peronismo avanzó mucho más que el yrigoyenismo en el camino de la democracia plebiscitaria.
También en la identificación de su movimiento con el pueblo y con la nación.
Por ese camino, se colocó a los no peronistas en el incómodo lugar de los enemigos del pueblo y de la patria. Finalmente, para acallar a una oposición que, aunque minoritaria, desmentía la pretensión de la unanimidad, el Estado peronista avanzó mucho en el camino del autoritarismo y el totalitarismo. Comprensiblemente, a muchos les cuesta incluir al peronismo en alguna variante democrática.
No sabemos si la oposición podría haber llegado a comportarse constructivamente –parte de los radicales lo intentaron al principio–, pero lo cierto es que no les quedó otro camino que el antiperonismo.
La democracia peronista instaló de manera irreversible, en aquella Argentina democrática, una división facciosa que por acción y reacción destruyó todos los intentos posteriores de convivencia. Eso fue lo que se vivió entre 1955 y 1983.

Publicado en Perfil

Etiquetas: Democracia peronista, Sociedad democrática

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