Luis Alberto Romero

artículo publicado

30 de diciembre de 2011

UCR: el último partido político que aún golpeado sigue en pie

Estos días los radicales protagonizaron un episodio deprimente:  en su Convención, las peleas, exacerbadas hasta la injuria y la agresión, les impidieron avanzar en una reforma institucional apoyada por la mayoría. “Internismo”, “parálisis”, “falta de vocación ganadora” son calificativos usualmente aplicados a los radicales. Sin duda, el vaso está medio vacío. Pero hay un vaso medio lleno, que merece subrayarse: en la Argentina todavía existe un partido político, organizado horizontalmente, que cree valioso discutir sus orientaciones, y sobre todo, hacerlo en público, a la vista de la opinión. En tiempos posmodernos, de “espacios”, jefes y videopolítica, la UCR sigue siendo lo que solía llamarse un “partido moderno”.

Tales partidos surgieron en Europa y Estados Unidos a fines del siglo XIX, para encauzar una democracia basada en la sostenida ampliación de los votantes. Los partidos se encargaron de empadronarlos y afiliarlos, de elaborar programas, designar candidatos y desarrollar una propaganda unificada, que alcanzó dimensión nacional. En lo interno, tuvieron  afiliados, comités, convenciones,  debates y elecciones internas. Procuraron que sus simpatizantes, además de seguir a sus dirigentes, asimilaran el ideario.

En la Argentina, hacia 1891 la UCR nació a la vida con este formato, y poco después se sumó el partido Socialista. Con ese estímulo, Roque Sáenz Peña alentó en 1912 la formación de los partidos que llamó “de ideas”, que debían animar un juego de debate, competencia y alternancia.

Las realizaciones, como siempre ocurre, fueron algo más mediocres. La UCR de Yrigoyen mantuvo su ideario, escueto pero sustantivo. Formó una maquinaria basada en los caudillos locales y el uso de dineros estatales. No estuvo al margen de los oscuras procedimientos de financiación de la política, pero nadie lo convirtió en virtud. No fue ajeno a la tentación de identificarse con el pueblo y la nación, pero la controló. Fue un partido de líder, de Yrigoyen a Alfonsín, pero nunca verticalista. Alojó infinitas facciones, en equilibrio inestable, experimentó algunas rupturas espectaculares, pero también hubo muchos retornos, más silenciosos. A menudo se encerró en si mismo, y limitó el ingreso de gente e ideas nuevas.  Convencido de que atesoraba un núcleo ideal y moral difícil de compartir, fue reacio a la alianza con otras fuerzas.

Todo eso es cierto. Pero siguió siendo un partido, donde nadie es más que nadie. Afirmado en una forma de entender la política, ligada con el debate interno abierto y con la defensa de las instituciones públicas.  Probablemente muchas de esas cosas lo han puesto en desventaja frente al peronismo.

El peronismo tiene poco que ver con el “partido moderno”. Se asemeja más a otro formato, desarrollado en la primera posguerra y con una respuesta distinta para la democratización: fue el movimiento nacional y popular, de líder y plebiscitario, mal encuadrado en la institucionalidad republicana y con vocación de convertirse en partido único. En Italia, Alemania, España, y también en la Unión Soviética hubo buenos modelos.

Pocas veces el radicalismo pudo vencer al peronismo. Solo en ciertas ocasiones, como en 1983,  logró captar de manera privilegiada el estado de ánimo colectivo. Tampoco su organización, basada escuetamente en la militancia de los afiliados, resultó competitiva en un mundo de corporaciones. A diferencia del peronismo, no tuvo una retaguardia de organizaciones sindicales.

Protagonista de la gran ilusión democrática, institucional y pluralista de 1983, y de su versión más liviana de 1999, el radicalismo fue mucho más afectado que el peronismo por la desilusión democrática, que se insinuó en los 90 y eclosionó en 2001. Fue estigmatizado por la vetustez de su discurso, de su estilo y de sus dirigentes. Fue copartícipe menor de muchos de los vicios denunciados por la opinión indignada. Fue descalificado por quienes proclamaron su intención de transformar la política y sus procedimientos: la renovación peronista en 1987, el Frepaso en los 90 o el ARI en los 2000. Todos ellos criticaron el bipartidismo y se propusieron como la verdadera alternativa al estilo peronista de hacer política.

Todos ellos han pasado, y el radicalismo sigue en pie. Como la tortuga de la fábula, que corría con la liebre. Suele dar espectáculos deplorables, presenta alternativas electorales timoratas,  se desangra en escisiones, pero sigue siendo capaz de realizar convenciones y de discutir públicamente sus diferencias. Quizá no discutan programas,  pero los hay detrás de cada uno de los pares que confrontan allí, para elegir simplemente al primero entre ellos. Fracasan en las elecciones presidenciales, pero mantienen un arraigo local y provincial sorprendente, que hoy los ilusiona con la idea de reconstruirse desde sus bases territoriales.

Conserva, sobre todo, una idea de partido como institución pública que organiza la opinión;  una idea de la política como espacio de confrontación y  acuerdo, y una idea de las instituciones de la República como marco indispensable para la vida social civilizada.

Yo los miro desde afuera -no soy radical-, comparto muchas de las críticas, pero confieso que lo hago con simpatía. Son una de las pocas cosas sobrevivientes de una Argentina que ya no es, mucho mejor que la actual. Son también una de las cosas que querría conservar para construir una Argentina mejor.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Democracia, Internas, UCR

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