Luis Alberto Romero

artículo publicado

11 febrero 2015

Un acuerdo político es la clave del futuro

En poco tiempo, los políticos opositores van a tener que tomar decisiones electorales definitivas. Sus potenciales votantes esperan que lleguen a acuerdos explícitos y a propuestas creíbles. No es fácil: los acuerdos tienen mala prensa en nuestra cultura política -de la Unión Democrática a la Alianza-, que en cambio aprecia los movimientos con un líder que arrastra a quienes quieran encolumnarse y seguirlo.
Los acuerdos de gobierno requieren partidos responsables, que hoy casi no existen. Librados a su espontaneidad, los dirigentes pueden de perder vista el centro del problema y atender a la ventaja personal. En la situación actual, quien mejor se perfile terminará arrastrando el voto del sector ciudadano opositor. Es un juego tentador pero corto, del que solo saldrá un gobierno débil.
Miradas desde el presente, las alternativas son confusas. En cambio, todo es más claro si se empieza por el final. La pregunta fundamental no es con quién juntarse hoy, sino cómo debe resultar el gobierno electo en 2015 para poder sobrevivir y dejar un saldo positivo. Construir un gobierno con sólido apoyo debería ser el punto de referencia para los políticos que piensan en sus alianzas, y para quienes desde la ciudadanía los respaldan y alientan.
El nuevo gobierno deberá afrontar situaciones urgentísimas, reconstruir lo dañado en los doce años anteriores e iniciar un nuevo camino para el país. Tendrá que hacerlo todo junto, combinando gradualidad en los pasos con claridad en los fines. Entre otras cosas, deberá ordenar las finanzas del Estado, solucionar el default y recuperar el crédito, controlar la inflación, mejorar la seguridad, reorganizar el sistema de subsidios; en los ratos de ocio, puede ocuparse del destino del batallón de nuevos empleados estatales y de muchas de las leyes aprobadas recientemente. Simultáneamente debe comenzar a recuperar la institucionalidad, reconstruir el Estado y reintegrar al mundo de la pobreza.
Solucionar cada una de estas cuestiones llevará inevitablemente a lastimar intereses. Algunos son claramente ilegítimos, pero también muy poderosos. Otros son legítimos, afectan a mucha gente y encierran una capacidad de protesta muy grande. Por ejemplo, en materia de subsidios sociales hay una diferencia entre la máquina política que los administra, que hay que desarmar, y la masa de sus beneficiarios, que hay que cuidar. ¿Cuanto poder político necesita el gobierno para no ser destrozado por la eventual pinza de los dos afectados? ¿Cuánto respaldo requiere una postura que sea a la vez gradual y definida?
Hasta ahora el gobierno concentró un enorme poder, legítimo, concedido o espurio. Por definición, el nuevo gobierno tendrá menos poderes, pues el presidente deberá desprenderse de las facultades acumuladas más escandalosos. En el Congreso no tendrá una bancada mayoritaria y disciplinada. Habrá al menos cuatro grandes bloques, y sus integrantes votarán más por convicción que por órdenes. El bloque kirchnerista seguramente hará una oposición dura y aprovechará cualquier dificultad -y habrá muchas- para debilitar al gobierno. Para sobrevivir y avanzar, el nuevo presidente deberá contar con el apoyo de una mayoría consistente en el Congreso, y con el respaldo de varias gobernadores, sobre todo el de la provincia de Buenos Aires.
¿Cómo podría reunirse este apoyo sin un acuerdo político que incluya por lo menos a las tres fuerzas opositoras principales? No alcanza con una simple declaración de buena voluntad, del tipo de “el que gana gobierna, el que pierde acompaña”, que hubiera bastado en tiempos normales. Tampoco alcanza con un acuerdo pos electoral, como el de México, de resultados menos sólidos que los imaginados.
El nuevo gobierno requerirá el tipo de apoyo de quienes, al comienzo de un camino difícil, asumen que ninguno se salvará solo. Acuerdos en los que los socios ponen todo lo hay que poner en circunstancias extremas y, espalda contra espalda, se protegen unos a otros cubriendo todos los frentes. Un acuerdo de hierro, como el que hicieron los partidos europeos al fin de la Segunda Guerra Mundial.
Creo que ese acuerdo es imprescindible. ¿Es posible? Los escépticos dicen que no, y con buenas razones. Seguramente se sacarán a relucir las “carpetas” de los eventuales socios, con antecedentes objetables. Pero no están los tiempos para darnos esos lujos; en tanto no se pierda la línea principal, cada uno es necesario y tendrá su papel.
La transición pos franquista fue dirigida por Adolfo Suárez, un franquista integral, que conocía bien lo que debía desarmar. Los cuadros de la democracia cristiana de posguerra se habían organizado antes dentro el partido fascista. Y en cuanto a los alemanes, es mejor no indagar mucho.
Lo más importante es que no será un mero acuerdo de aventureros con pasado dudoso, sino la concreción de una idea que ha arraigado en una buena parte de la sociedad civil opositora, que en los últimos años ha desarrollado un trabajo reflexivo importante, y que hoy coincide en valorar la institucionalidad, el Estado y las políticas sociales activas. Allí ha de estar el control.
Entre ellos con seguridad hay quienes imaginan futuros diferentes, quizás más hacia el centro izquierda o el centro derecha, con un poco más de estado o de mercado. Más adelante, sus debates serán interesantísimos. Pero por ahora hay que salir de un pozo profundo; hay una sola salida, y son muchos los que nos tiran para abajo.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Acuerdos, Nuevo gobierno, Políticos opositores, Sociedad Civil

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