Luis Alberto Romero

artículo publicado

13 de junio de 2020

Un crimen que marcó la violencia política argentina

María O’Donnell ha narrado de manera clara y objetiva de una cuestión difícil de la “historia que duele”: “el crimen Aramburu”, llevado a cabo por Montoneros en 1970. Tras la claridad hay una elaboración compleja del relato, articulado en diversas temporalidades, y una escritura cuya sencillez es fruto de un laborioso trabajo. La neutralidad es, en este caso, un logro aún más difícil: se basa en una mesurada adjetivación, un despliegue de sinónimos para palabras muy connotadas, como “asesinato”, y una preocupación para asumir sucesivamente distintos puntos de vista, sin perder el propio. Con todo eso compone un relato atractivo y de gran utilidad, sobre todo para quien se acerca por primera vez al tema.

Su novedad no está en la información sino en la manera de presentarla. Todos quienes tuvieron alguna participación en los hechos u obtuvieron algunos datos privilegiados -no siempre verídicos- publicaron sus testimonios hace tiempo, y otros muchos los interpretaron, generalmente defendiendo miltantemente una tesis.

Mario Firmenich -que en 1974 publicó, con Norma Arrostito, su relato del hecho- es hoy el único participante vivo. O’Donnell consiguió entrevistarlo, pero no pudo doblegar su decisión de no revelar -al menos por ahora- quienes fueron los autores efectivos del asesinato, algo que ha dado lugar a muchas especulaciones.

Tampoco hay novedades sobre otro gran interrogante: si existió una relación entre este grupo inicial de Montoneros y alguien del círculo del presidente Onganía, como sospecharon los allegados a Aramburu, y sostuvieron entre otros R. Fraga y R. Pandolfi en su ya clásica biografía de Aramburu.

Ninguna de las dos respuestas modificará demasiado la interpretación del hecho, que requiere, en cambio, analizar en profundidad el conjunto de circunstancias que lo rodean y explican. Sobre esto existe una producción académica relativamente abundante. El libro de O’Donnell suministra el conocimiento básico y la motivación para acercarse a ella.

Un gran tema, que encierra muchas explicaciones, es el de la matriz católica de Montoneros. Nacido en la militancia posterior a 1955, este grupo descubrió simultáneamente el peronismo y la insurgencia armada. Pero en muchos aspectos se trata de un catolicismo similar al de los años 30 y 40. Loris Zanatta lo caracterizó como una nueva versión de la idea de “nación católica” de entonces, y caracterizó el conflicto de los años sesenta y setenta como un episodio de la larga guerra civil del catolicismo (La larga agonía de la Argentina católica, Sudamericana, 2015).

Luis Donatello estudió el complejo trasfondo teológico de este nuevo colectivo, que los contemporáneos calificaron alternativamente como de derecha o izquierda (Catolicismo y Montoneros, Manantial, 2010). Carlos Altamirano propuso un punto de vista superador: una “revolución en las ideas” epocal, con dos vertientes, una que condujo al “nuevo orden” de Onganía y otra al peronismo militante y a Montoneros (Bajo el signo de las masas, Ariel, 2001).

También importa ubicar el asesinato de Aramburu en la larga historia de la violencia política. La memoria suele ser bastante selectiva en esto: quién recuerda el asesinato de Dorrego o el bombardeo de Plaza de Mayo no mencioná ni la Mazorca ni el incendio de iglesias, y viceversa. Rara vez se vincula la violencia terrorista con la violencia verbal, que habitualmente la precede, en los períodos de divisiones facciones y negación recíproca de legitimidad.

El asesinato de Aramburu -excepcional desde el punto de vista del dilema ético que sigue planteando- se convirtió en algo normal en una época que, como estudió Esteban Carassai,  naturalizó la muerte y la convirtió en un tema de marketing (Los años setenta de la gente común, Siglo XXI, 2013). La versión católica de la violencia consolidó varios mitos, estudiados de manera magistra por Hugo Vezzetti: la revolución, el sacrificio, el culto a los muertos en combate, el hombre nuevo, todos poderosos motores de la acción (La violencia revolucionaria, Siglo XXI, 2009).

El asesinato de Aramburu fue, en parte, un mensaje a Perón, a quien Montoneros continuó interpelando públicamente mediante el procedimiento de proclamarse sus más fieles seguidores y a la vez los intérpretes autorizados de su palabra. Esta estrategia, compleja y difícil de sostener, que está en el meollo de su trayectoria, fue analizada por Silvia Sigal y Elíseo Verón en un libro seminal que, discutido y cuestionado, conserva su potencia original (Perón o muerte, Legasa, 1986).

Finalmente, Montoneros se distinguió entre las organizaciones armadas por la dirección de un vasto frente de superficie, la Juventud Peronista, integrado por muchas y variadas organizaciones surgidas en el proceso de peronización de la sociedad. En cada una hubo una tensión entre sus modos de acción específicos y el rígido encuadramiento político de una organización crecientemente militarizada.

Sobre este tema, clave para entender la compleja movilización política de los años setenta, hay mucha información, reunida algo caóticamente, en La Voluntad, de E. Anguita y M. Caparrós (Norma, 1997), y una serie de estudios de caso, como el de Mónica Bartolucci sobre Mar del Plata (La juventud maravillosa, Eduntref, 2017) o los que sobre los sindicalistas del astillero Astarsa realizó Federico Lorenz.

Estos son algunos de los temas que dan sustento y carnadura a un hecho tan brutal como conformador de una etapa de la violencia en la Argentina, sobre la que siempre conviene volver.

Luis Alberto Romero

Publicado en La Nación, Ideas.

Etiquetas: Raíces de la violencia

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