Luis Alberto Romero

artículo publicado

Primavera/Verano 2002

Un desafío de Leandro Gutiérrez: Hacer la historia de la izquierda

Leandro Gutiérrez fue un mili- tante. Militó dos veces: una en la izquierda clásica y otra en la “nueva izquierda”. También fue historiador; se destacaba por la creatividad de sus ideas y por un agudo juicio crítico, que su militancia nunca limitó. Cuando empezamos a trabajar juntos –al fundar el PEHESA, en 1977– me hizo leer un clásico texto de Gramsci sobre cómo hacer la historia de la izquierda.* Partimos de ese texto –que él utilizaba usualmente en sus clases– y de una crítica de las historias del movimiento obrero existentes, para desarrollar nuestro trabajo sobre los sectores populares.

Por entonces –hace ya un cuarto de siglo– predominaban las historias es- critas por los viejos militantes de la izquierda y del movimiento obrero: Abad de Santillán, Marotta, Iscaro, Oddone, y algunos seguidores más jóvenes, igualmente militantes y también, como los próceres, poco conocedores de las reglas del oficio. Hoy la profesión ha progresado, y en general estos temas se encaran con más rigor, aunque aquí y allá, a veces con intermitencia y otras con asumida vocación, asoma la historia teleológica, épica o de denuncia, o simplemente la ilustración de la consigna del día.

No es sólo un problema de la izquierda. Lo encuentro cotidianamente en mi campo de trabajo ac- tual: la historia del catolicismo y la Iglesia. Hay quienes han elegido ese camino, con todo derecho: el pasado es de todos y cualquier uso del pasado es legítimo. Pero quienes deciden practicar el oficio de la Historia según sus reglas deben estar especialmente atentos a la intromisión de un sentido común largamente asentado en las tradiciones militantes, que aflora aquí y allá apenas el rigor crítico se relaja. Por eso, creo que valen algunas advertencias, que sin ser específicas de este campo, parecen aquí particularmente pertinentes.

Es común que los investigadores se ocupen de las ideas de izquierda. El riesgo está en construir un universo cerrado y autosuficiente, una suerte de house organ de la izquierda o de alguna de sus variantes. Aunque alguna corriente exista sólo para combatir a otras, con seguridad es más lo que comparten que lo que las diferencia. Quien estudia el trotzkismo debe co- nocer el stalinismo y también el anar- quismo. No sólo eso; también el libe- ralismo, el positivismo, el nacionalis- mo, y hasta el racismo, pues las ideas y los discursos nunca residen en casi- lleros ni transcurren en andariveles: existen en una trama discursiva abier- ta, donde lo común son los cruces, los préstamos, las apropiaciones. Tam- bién las refracciones. Pese a que el pensamiento de izquierda, como el católico, tiene una matriz internacional muy fuerte, existe en tanto ofrece la interpretación de una realidad específica. Si el historiador no percibe y explica esa relación, poco habrá aportado al conocimiento de la izquierda.

Otros historiadores emprenden un camino más difícil, pero a mi juicio más interesante: averiguar cuál es la implantación efectiva del pensamiento de izquierda en la sociedad. Esto toca un problema central. La interpretación de izquierda se funda en la existencia de un referente social: la “clase obrera”. Es previsible que el historiador con tradición militante dé por supuesta su existencia. Me parece que para estudiar la izquierda es crucial poner en cuestión ese referente, así sea para ratificarlo. Una cosa son los intelectuales de izquierda interpelando a “la clase”; otra, demostrar con evidencia histórica que “la clase” existe. Más exactamente, lo complicado es demostrar que los criterios con los que un historiador ha construido ese concepto –sean los de Lenin, Al- thusser, Thompson u otros– son adecuados para entender ese proceso histórico específico.

Creo que el camino es otro: no dar nada por supuesto y reconstruir las redes de relaciones en la sociedad, los núcleos de sociabilidad (los sindi- catos, pero otros muchos) y buscar las prácticas y los discursos específicos con los que los cuadros intelectuales se conectan con la gente más simple, más preocupada por sus prác- ticas que por la discusión teórica, que a veces elige seguirlos, y otras, no. Es un trabajo difícil y lleno de engañosas tentaciones. La más común: tomar demasiado literalmente las fuentes institucionales de la izquierda (a las de la Iglesia les pasa lo mismo), siempre listas para anunciar la creación de nuevas asociaciones, sindicatos, bibliotecas o círculos, pero también remisas a darlas de baja.

Finalmente, hay una pregunta por el objeto mismo. ¿Qué es la izquierda? Asombra la variedad de sentidos con que se usa esta denominación, en términos literales o metafóricos: hay izquierdas conservadoras, católicas, psicoanalíticas y artísticas; sospecho que también deportivas. Esto no es un problema para el militante, cuyo trabajo es precisamente definirla y confrontar con otras definiciones. Hay un problema, en cambio, para el historiador que tiene experiencia de militancia; consiste en suponer que hay una izquierda “verdadera”, que es la propia. Por ese camino, va derecho a la épica. La izquierda, como cualquier otra identidad, es una y muchas a la vez; no es, en sentido ontológico, sino que está siendo, como un producto cambiante de sentidos atribuidos y autoatribuidos. Su identidad es cualquier cosa menos obvia. Desentrañarla requiere, en primer lugar, distanciamiento. Allí reside la mayor dificultad, y el gran desafío, para quien se sienta identificado con ella. Creo que Leandro Gutiérrez lo había resuelto con éxito.

 

* Este texto tiene una doble motivación: una intervención en el encuentro “Cultura y política: nuevas aproximaciones a la historia de la izquierda en la Argentina”, organizado por el Programa de Estudios de Historia Intelectual Prismas, de la Universidad Nacional de Quilmes. Por otra parte, la referencia de un participante a este texto de Gramsci, que me recordó conversaciones sostenidas sobre estos temas con Leandro Gutiérrez, prolongadas hasta su muerte, hace ya diez años.

Publicado en La Ciudad Futura

Etiquetas: Leandro Gutiérrez

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