Luis Alberto Romero

artículo publicado

8 de marzo de 2016

Un día en la vida del ideólogo nazi

Los diarios de Alfred Rosenberg, escritos entre 1933 y 1944, son junto con los de Joseph Goebbels, los únicos testimonios de este género proveniente de altos jerarcas nazis. Rosenberg se unió a Hitler hacia 1920, y desde entonces integró su círculo íntimo. Escribió varios libros sobre los judíos y en 1930 publicó El mito del siglo XX, la formulación más sistemática de las ideas nazis, y la principal fuente doctrinaria, junto con Mi Lucha. Allí definió la incompatibilidad absoluta entre alemanes y judíos. A estos últimos los identificó con los bolcheviques, y esa idea se convirtió en dogma y bandera del nazismo.

Rosenberg siempre fue considerado el ideólogo del movimiento, y él se creyó responsable de formular y difundir la nueva cosmovisión del mundo, y de explicar la coherencia de las acciones no siempre meditadas del nazismo. Era un gran orador, y buena parte de su vida estuvo dedicada a difundir esa cosmovisión, a través de conferencias pronunciadas ante militantes y cuadros partidarios, a lo largo y a lo ancho de toda Alemania.

En cambio, sus tareas de gobierno fueron inicialmente menores. Dirigió una oficina encargada de las relaciones con los países del Este, desde Noruega hasta Rumania, siempre en conflicto con la Cancillería alemana. Elaboró una propuesta sistemática de adoctrinamiento cultural para los germanos, centrada en un Ministerio de Coordinación del Pensamiento Nacional, que aparentemente quedó como modelo para la posteridad. En este terreno chocó con Goebbels, que armó su propio aparato cultural, con una idea menos filosófica y más mediática.

En 1941 llegó su hora. Hitler le encargó primero que se ocupara de reunir y dar destino a los frutos del saqueo de los bienes de los judíos. Muchas de aquellas obras de arte robadas pasaron a las pinacotecas personales de Hermann Göring y otros jerarcas. Rosenberg se entusiasmó con los libros, e imaginó la creación de un gran Instituto para el Estudio de la Cuestión Judía, que se complementaría con otro, consagrado a la Historia de la Cultura Nacional, otra idea con futuro. Pero Hitler, por entonces ocupado en asuntos más urgentes, ignoró la propuesta.

Ese mismo año lo nombró ministro del Este, responsable político y administrativo de todos los territorios que la Wehrmacht conquistaba y que las SS de Himmler limpiaban de bolcheviques y judíos. A Rosenberg le quedó la tarea de organizar el desplazamiento de inmensos grupos de alemanes relocalizados y de judíos destinados a los campos de exterminio. En su libro, no menciona este tema, pero explica detalladamente su plan para reorganizar los territorios conquistados. Diseñó tres grandes estados, cada uno de noventa millones de habitantes, que absorberían a Rusia. Se interesó particularmente por el destino de Ucrania y el fortalecimiento de su identidad y su cultura eslava, pues sería la gran muralla de contención de los Soviets. Pero los generales, Himmler y Hitler optaron por lo más seguro: ocupar el territorio, asesinar a los judíos y a los bolcheviques y esclavizar al resto.

Aunque fue el gran teórico de la cuestión judía, Rosenberg evita hablar del tema y, sobre todo, aparecer comprometido con las políticas de exterminio, que atribuye a Goebbels o a Himmler. En cambio, lo obsesiona la cuestión de las iglesias cristianas, particularmente la católica, en las que encuentra un núcleo cultural radicalmente incompatible con la cosmovisión alemana. Propuso muchas veces una declaración de guerra a las iglesias, que Hitler, sorprendentemente prudente en este caso, juzgó inoportuna y pospuso para “después de la victoria”.

Hasta 1942, cuando Hitler se trasladó al frente de guerra, Rosenberg lo veía regularmente; recordaban los viejos tiempos y compartían sueños y proyectos. Rosenberg desplegaba los suyos y se quejaba de la indiferencia o de la oposición de Goebbels, Himmler y Ribbentrop (con Göering se entendía bien). Hitler le daba la razón y lo despedía afectuosamente. Luego, en las conversaciones de sobremesa que Goebbels registró en su diario, se burlaba despiadadamente del “pobre Rosenberg”.

Desde 1942 la situación bélica cambió, la marcha hacia el Este se convirtió en retirada y las ciudades alemanas fueron bombardeadas. En el diario hay menciones escuetas y poco dramáticas de estos hechos, a las que siguen largas parrafadas sobre la transformación de Alemania después de la victoria. Finalmente admite que el Tercer Reich ha fracasado, pero sólo por la traición de los militares y la incapacidad de los jóvenes funcionarios, arribistas sin convicciones. Los Diarios se interrumpen a fines de 1944, dos años antes de que el Tribunal de Nuremberg lo condenara a morir ahorcado.

Estos diarios recientemente pasaron a dominio público. Dos instituciones relevantes en la investigación de los temas del Holocausto se hicieron cargo de la edición, que es excelente y permite transitar sin dificultad la lectura de un texto entrecortado, lleno de nombres y alusiones oscuras. Los académicos que escribieron la presentación están preocupados por denigrar a Rosenberg y por demostrar su responsabilidad en el exterminio judío. Los Diarios no dicen mucho de eso, en cambio son extraordinarios para iluminar el funcionamiento de una mente singular, genialmente psicótica, que captó y expresó de manera precisa una veta enferma de la sociedad alemana de entonces.

Alfred Rosenberg: Diarios. 1934-1944. Edición a cargo de J. Matthäus y F. Bajohr. Traducción de L. Cortés Fernández y otros. Buenos Aires/Barcelona, Crítica, 201. 768 págs.

Publicado en Revista Ñ

Etiquetas: Antisemitismo, Hitler, Nazismo, Pensamiento Nacional, Rosenberg

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