Luis Alberto Romero

artículo publicado

3 de febrero de 2011

Un Estado y una sociedad demolidos con Sarmiento

En 1938, a cincuenta años de su muerte, las publicaciones católicas recordaron a Sarmiento como el autor de una vida de Jesús. No pudieron ignorarlo, pese a que por entoncesel catolicismo, impregnado de nacionalismo, llevaba adelante el asalto y demolición de uno de sus grandes emprendimientos: la escuela pública laica y gratuita , tachada de “escuela sin Dios”.

Tampoco lo ignoró Perón, cuando en 1947 puso su nombre a uno de los ferrocarriles nacionalizados.

Por entonces, el revisionismo historiográfico se cebaba en Sarmiento , considerado el ángel maligno de la caduca “Argentina liberal”. Pero Sarmiento era defendido, con idéntico ardor, por el progresismo democrático , del centro a la izquierda, que se identificaba con la tradición liberal y contraponía la democracia al fascismo.

Treinta años después, ya no se combatía. Mientras sus defensores perdían convicción, en los setenta se sumaron al arco antisarmientino los populistas , que lo acusaron de elitista y cosmopolita. Más tarde vendría el contingente de los antropólogos, filósofos y sociólogos antiliberales, relativistas y escépticos, quetomaron como blanco sus convicciones civilizatorias, y declararon preferir la barbarie .

Entre quienes aún mantienen una imagen positiva de Sarmiento están los críticos literarios que lo consideran un gran escritor, y los historiadores que, con palabras de José Luis Romero, reconocen su capacidad para captar la historia profunda.

Creo que los argentinos tenemos una deuda mayor que la expresada en sede académica.

Sarmiento fue un hombre político.

Impulsó con ardor mil iniciativas para construir un país todavía en obras, y las defendió en miles de páginas escritas, tan apasionadas como contradictorias. No es difícil encontrar en esta masa unos cuantos proyectos equivocados o frases que dan motivo a la burla o el escarnio. Tal ha sido la tarea de zapa de quienes, en realidad, se proponían demoler todo lo que construyó.

Porque además de ser un luchador, decidido a vencer las contradicciones a fuerza de contradecirlas, Sarmiento fue un constructor.

Uno de los artífices de la Argentina que se levantó en la segunda mitad del siglo XIX, y de cuyos frutos vivimos durante buena parte del siglo XX. Si Sarmiento hubiera podido contemplar esa obra, en algún momento antes de los años setenta, seguramente se habría sentido satisfecho, como Dios en el séptimo día de la Creación, según cuenta el Génesis.

Se habría complacido, pese a tantas cosas que resultaron en un sentido contrario a sus ideas; entre ellas los gobiernos militares, clericales, nacionalistas o populistas.

Se habría complacido porque la huella de su acción estaba presente en los dos grandes productos de la Argentina pujante, que la gente de mi edad alcanzó a conocer: el Estado y la sociedad .

Un Estado potente, preocupado por construir el interés general , y una sociedad integrada, móvil y democrática, capaz de crear oportunidades de progreso para todos. Entre el Estado y la sociedad hubo -y hoy lo extrañamos- un sistema educativo estatal, gratuito, laico y excelente, capaz de impulsar la igualdad, la integración, el patriotismo y la democracia . Nadie niega la contribución de Sarmiento a esa gran obra.

Sarmiento fue combatido cuando su obra aún estaba en pie, en nombre del confesionalismo, el nacionalismo y el populismo. Pero desde hace treinta años las cosas fueron mucho peor, y resultaron progresivamente destruidos aquel Estado y aquella sociedad que en alguna medida fueron el resultado de su impulso.

La democracia presente es una bendición; pero no basta para que ignoremos la realidad de una sociedad escindida, con una zona de pobreza irreductible y una porción de argentinos que no pueden siquiera soñar con la integración y la movilidad. Tampoco alcanza para que ignoremos la realidad de un Estado corroído , desarticulado y colonizado por mil intereses espurios. Es posible que éste no fuera el final que imaginaron quienes a lo largo del siglo XX destruyeron sistemáticamente la figura y la herencia de Sarmiento, pero a eso hemos llegado.

Creo que esto ayuda a entender el silencio de la historia oficial actual acerca de Sarmiento.

Me refiero a la versión, un poco balbuceante, que el Gobierno viene ofreciendo en ocasión del Bicentenario , consistente en contrastar un pasado oprobioso con un presente de promisión. Pero a pesar de que se inspira en el revisionismo de la década de 1970, con sus mitos, sus combates y sus demonios, Sarmiento no es execrado sino simplemente omitido, olvidado. No es necesario combatirlo, pues de su obra ya queda poco.

Los historiadores podemos intentar develar las falacias, olvidos e invenciones de la historia oficial. No es una tarea menor, pues hace al uso público de la historia, a la memoria y a la conciencia histórica. Pero la recuperación de Sarmiento que nos debemos es mucho más que eso .

Se trata de una tarea política , un emprendimiento que ha de convocar a los ciudadanos y que ni siquiera necesita mencionar explícitamente al sanjuanino. Consiste en reconstruir aquel Estado potente y al servicio del interés general que supimos tener, expulsando a los mercaderes del templo. Consiste en reconstruir el sistema educativo público que contribuyó a conformar la sociedad móvil, integradora y democrática de la vieja Argentina, a la que en sus etapas iniciales Sarmiento dio un sello personal. Una tarea larga y difícil, sin duda, pero que alguna vez hay que comenzar.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Críticos de Sarmiento, Proyectos y construcción, Recuperar a Sarmiento

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