Luis Alberto Romero

artículo publicado

Enero de 2004

Un nacionalismo para la democracia

En el siglo XX las malas pasiones de la sociedad argentina hirvieron en el caldero del nacionalismo. Ingredientes variados produjeron un brebaje malsano, un filtro embriagador que nuestra gente bebió muchas veces, como en abril de 1982. Es fácil reconstruir la genealogía de la pasión nacionalista, y encontrar sus múltiples relaciones con la cultura política y el sentido común dominantes en el siglo XX. La democracia nos permite tomar la distancia necesaria para hacerlo. Más difícil, en cambio, es imaginar qué tipo de nacionalismo necesitamos para una sociedad que ha declarado querer ser democrática.

Historia de una mala pasión 

El primer nacionalismo fue fruto del estado. Bartolomé Mitre escribió la historia de una nación que nació en 1810, mucho antes que el estado. La escuela se encargó luego de implantar en el sentido común esa elaborada invención; era normal en su tiempo, y también virtuosa, pues sirvió para cimentar una comunidad política liberal y tolerante. Esa primera identidad nacional no hacía cuestión de raza, de lengua, de religión o de credo político. Por el contrario, admitía y alentaba la diversidad, y solo exigía el respeto a la ley, construida en común.

Desde fines del siglo XIX muchos se lanzaron a buscar una identidad argentina homogénea, de matriz romántica: un pueblo, una lengua, una raza. Lilia Ana Bertoni ha reconstruido los primeros pasos de ese nacionalismo homogeneizador, y los enconados debates acerca de cuál sería el rasgo común de los argentinos. Los intelectuales dijeron lo suyo: Gálvez, Rojas, Lugones, y más tarde Martínez Estrada, don Andrés Chazarreta, Jauretche y tantos otros buscaron la esencia fugitiva del “ser nacional”. ¿La raza? Difícil, en un país de inmigración. ¿La lengua? Nuestros vecinos y rivales hablan la misma. ¿El gaucho, el español? Todo era fuente de querellas. Lo más cierto resultó el territorio –argentino desde antes de que la Argentina existiera- al que se cargó con la función identificatoria que conserva hasta nuestros días.

Luego vinieron otros forjadores de identidades, que pisaban más fuerte. El yrigoyenismo y el peronismo se identificaron con el pueblo y la nación, de manera tan romántica como democrática. El pueblo era único y homogéneo, y solo dejaba fuera a sus enemigos: “la oligarquía” o “la antipatria”. De modo parecido operaron las fuerzas armadas, auto proclamadas custodias de los valores esenciales de la nacionalidad. La Iglesia Católica completó este coro: la catolicidad era la esencia de una argentinidad que excluyía a agnósticos, liberales y comunistas. En los años ’30 –ha mostrado Loris Zanatta- los imaginarios militar y católico se fusionaron en la fórmula de la espada y la cruz, doble símbolo de la “nación católica”. Desde 1943 el estado hizo suya esta ideología, cuya fuerza residual es hoy enorme: basta ver la cantidad de crucifijos instalados en cualquier dependencia de un estado nominalmente laico.

Un pasado común, nutrido de gestas militares, un territorio intangible y un futuro de grandeza, amenazado por enemigos externos aviesos o enemigos internos disfrazados de argentinos. Tal la imagen que la escuela ha difundido desde 1930. En cada acto patrio se honraba a un héroe fundador, siempre militar (¡hasta el general Sarmiento!); lo presidía la bandera de guerra, y el Himno nacional se cantaba en versión de marcha militar.

Esa imagen de nuestra nacionalidad –entre soberbia y paranoica-, firmemente arraigada en el sentido común, sustentó una relación conflictiva con los países vecinos, siempre sospechosos, siempre responsables de nuestras desdichas. Esa imagen apuntaló nuestra cultura política: quien se apropia de la representación de la nación, una e indivisible, puede transformar legítimamente al adversario en enemigo del pueblo; puede excluirlo, a veces de palabra, a veces en los hechos. La figura del “subversivo apátrida”, y luego la del “desaparecido” son las últimas representaciones de lo que, in nuce, se encuentra en ebullición en el caldero de las pasiones nacionalistas.

En el fondo de nuestro sentido común hay un “enano nacionalista”, una especie de genio de la lámpara presto a aparecer apenas se la frota. Lo hizo con éxito el general Galtieri en abril de 1982, con motivo de la cuestión que resume y condensa las pasiones nacionalistas de los argentinos: las Islas Malvinas, aquellas que sus habitantes desde hace ciento setenta años denominan Falkland Islands.

La democracia y el nacionalismo 

La democracia cambió muchas cosas. Con el derrumbe militar, todo el discurso nacionalista quedó en cuestión. Las grandes usinas de identidades hegemónicas –las Fuerzas Armadas, la Iglesia, los movimientos políticos nacionales- se retiraron del primer plano. El plebiscito sobre el Beagle fue un ejemplo de la manera democrática y liberal de resolver una controversia de límites. Simultáneamente, en la escuela los actos escolares se civilizaron: los uniformados dejaron su lugar a los ciudadanos, y fue posible escuchar el Himno y otras canciones patrióticas en versiones no militares, algunas realmente hermosas.

Pero junto con este impulso democrático y plural, que apunta a disolver el núcleo duro del nacionalismo integral, es posible registrar un nuevo malestar. Las promesas incumplidas de la democracia, y el modo traumático de ingresar en la era de la globalización explican una nostalgia por las antiguas seguridades del discurso nacionalista. Está presente en expresiones hoy comunes, como “recuperar la identidad”, “defender lo nuestro”, “recrear un proyecto colectivo” que –más allá de su razonabilidad- abrevan en aquel arraigado sentido común: hay algo esencial que identifica a los argentinos, cuyos enemigos están afuera. Así, el FMI y el ALCA son los únicos culpables de nuestras penurias económicas; así reaparecen el fundamentalismo católico y el irredentismo malvinense. En este caso, no se escucha lo que debería ser el argumento democrático por excelencia: el destino de las Islas es algo que atañe en primer lugar a quienes la habitan.

Una comunidad política necesita una imagen de si misma, que para reconocerse en ella. No se trata de un destino inexorable sino una construcción: una tradicion identitaria se reelabora permanentemente, aceptando o rechazando sus partes. En nuestro caso, las viejas formas de pensar ocupan todavía el espacio vacío que la tradición democrática no ha llenado.

Tarea para intelectuales y estadistas. Se necesita construir una identidad para la comunidad democrática, con muchos elementos de la tradición, pero libre de resabios autoritarios. Una identidad que respete la pluralidad y no aspire a la homogeneidad. Que valorice sus múltiples signos identitarios, desde una batalla a un partido de fútbol, ¿por qué no? Una identidad, finalmente, basada en el patriotismo: el de la Constitución, las leyes, los derechos, los deberes, y todo aquello propio del contrato con el que, voluntariamente, los argentinos han construido una comunidad política.

Publicado en Revista Ñ - Clarín

Etiquetas: Ejército, Iglesia, Patriotismo

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