Luis Alberto Romero

artículo publicado

16 de mayo de 2003

Un nuevo principio

Estamos asistiendo a una manera sorpresiva de resolver la formidable crisis política desatada por el derrumbe económico de diciembre de 2001. Se trata, simplemente, del milagro democrático. Como en la Revolución Francesa o en las jornadas de 1848; como lo querían Yrigoyen o Perón, el pueblo unido se apresta a vencer al enemigo del pueblo, al antipueblo, encarnado en la figura de Carlos Menem. Luego de meses de discutir sobre el fraccionamiento político y la debilidad de origen de cualquier candidato, una amplia mayoría de los argentinos se propuso aplastar a quien ha logrado representar el conjunto de los males de la sociedad.

Esto se debe en parte a razones ocasionales: la irrupción violenta de Menem y su vocación ganadora ha revitalizado viejas hostilidades adormecidas. Pero hay algo más. Se trata de uno de los rasgos más permanentes de las renovaciones de máximas autoridades bajo condiciones democráticas: la ilusión de un nuevo principio, el momento de los buenos deseos, de las promesas e intenciones, algo así como lo que ocurre en Año Nuevo. Quizás haya un rasgo más viejo aún: también tenemos un sacrificio, un chivo expiatorio que nos gane la buena voluntad de los dioses.

Extraño final. Hasta este último episodio la elaboración de la crisis se estaba desarrollando de manera muy distinta, quizá menos amable pero probablemente más positiva en el largo plazo. Por primera vez, parece que nos animábamos a mirar el fondo del pozo, de manera mucho más cruda y desencantada que en 1989. Bebimos hasta las heces en la copa de la crisis. Pensamos en cosas sobre las que nunca habíamos reflexionado. No nos limitamos a culpar al “modelo” o al Fondo Monetario. Si bien algunos se conformaron con culpar a los “políticos”, otros vislumbraron que algo torcido había en la sociedad, en su cultura ciudadana, en el Estado, en su manera de gestionar los conflictos de intereses.

Con estas reflexiones y razonamientos, hace un par de meses nos aprestábamos a entrar en una nueva etapa institucional, con mucho realismo y modestas esperanzas. Mucho menores que las que colectivamente tuvimos en 1983, o en 1973. La experiencia de anteriores ilusiones, ingenuas y hasta bobas, nos había enseñado que luego la decepción es tanto o más profunda; que más allá de aciertos o fracasos de los gobernantes, la realidad es siempre gris comparada con la utopía. Sobre todo, que la decepción corrompe la práctica política, aleja a los ciudadanos de lo público y legitima los comportamientos espurios de los políticos profesionales. Por eso, algunos creímos que convenía depositar en esta salida electoral apenas las ilusiones necesarias para sostener un sistema institucional que en definitiva se funda en la fe colectiva.

Esa actitud prudente –que en lo esencial no se ha abandonado- incluía escasas expectativas acerca de lo que el próximo presidente podría hacer. Apenas “peludear” en el barro, como se decía antes, y evitar que el auto quede atascado. Tapar agujeros, componer lo del día, postergar lo que parece insoluble, a la espera de que el paso del tiempo vaya desenredando la madeja en la que hoy está atrapada la Argentina. Hacer, en suma, lo que a su manera vienen haciendo los actuales gobernantes, quizás un poco mejor. Desde esta perspectiva, realista y reacia a la ilusión, los próximos cuatro años no han de ser la hora de la promesa y la ilusión sino la del aguante, con la modesta expectativa de que entonces estemos en condiciones de hacer algo más que sobrevivir: discutir sobre el rumbo que queremos darle a la Argentina.

De manera sorpresiva el gobernador Kirchner, que ha llegado a la posición de candidato triunfante como consecuencia de un conjunto de circunstancias fortuitas, parece ser el objeto de una nueva ilusión colectiva, tímida pero amplia. Cuenta naturalmente con una parte importante del aparato peronista, que se incrementa a medida que nuevos dirigentes de todo nivel, que inicialmente hicieron otra apuesta, se suman al vencedor de la hora. Pero probablemente sus apoyos no peronistas sean real o potencialmente tantos como los peronistas, pues Kirchner cuenta hoy con la aquiescencia –crítica, naturalmente- de progresistas o socialdemócratas, radicales, seguidores de Elisa Carrió, y hasta partidarios del orden y la autoridad. Hoy el fenómeno Kirchner recuerda, salvando las distancias, al de Perón en 1973: cada uno proyecta, en un dirigente que tiene la habilidad de no desmentir a nadie, sus anhelos, frustraciones e ilusiones.

Aquí es donde, a la luz de experiencias pasadas, comienzan a encenderse algunas luces rojas. Parece inevitable que, alejado definitivamente Menem, el nuevo presidente opte entre alguna de estas distintas alternativas y consecuentemente genere la desilusión de otros. El recuerdo del Perón de 1973, aclamado por el pueblo peronista y abrazado con su viejo rival, Ricardo Balbín, nos recuerda también que el peronismo tiene una cuestión a dilucidar, en la que el nuevo presidente probablemente se juegue su autoridad. Se trata de la jefatura del justicialismo, un movimiento de líder, donde la autoridad y la conducción son valores importantes y un buen líder es condición necesaria para el eficiente desempeño de los jefes menores o subordinados.

Supongamos, de acuerdo con el clima de la hora, que esta disputa se dirima civilizadamente, y hasta que el peronismo aprenda a tener una jefatura compartida. Queda la otra cuestión: la poco conocida personalidad del nuevo presidente, y las opciones que tomará respecto de un conjunto de apoyos que, expresa o tácitamente, respaldarán inicialmente su gestión. Parte de ellos provienen del aparato peronista, y se manejan de acuerdo con una lógica bien conocida. Otra parte, no despreciable, y decisiva a la hora de dirimir fuerzas con Menem, son los ciudadanos no peronistas, que actualmente hacen un aporte importante al clima de moderada expectativa. ¿Qué pueden esperar unos y otros?

Como ocurre normalmente, las elecciones hacen olvidar un poco los datos más duros de la realidad, aquellos que teníamos bien presentes cuando la crisis se desplegaba libremente. Esos datos no han cambiado, y en lo muy profundo no hay demasiadas alternativas para la Argentina, al menos hoy. Existen en cambio distintas maneras de administra la crisis. Usualmente se pone el acento en una alternativa: administrarla según el “modelo neoliberal” o tratar de desarrollar un “modelo productivista”. Creo que hoy esa no sea una alternativa, aunque quizá lo sea dentro de cuatro años. Hay otra cuestión, que divide las opciones hoy, y que seguramente será el parámetro contra el cual se evaluará el desempeño del nuevo presidente.

Una de las opciones hace del Estado una variable dependiente de los intereses de la sociedad, organizados en poderosas corporaciones, para obtener de él distintos beneficios y prebendas. Estas corporaciones son variadas: empresarias, profesionales, sindicales, y últimamente se agregan las organizaciones de desocupados. También hay que agregar las organizaciones políticas, desde la cúspide de quienes operan en los altos niveles de decisión hasta la base de los punteros. Todos aprietan al gobierno y al Estado. Probablemente los reclamos de unos y otros tienen un costado legítimo, pero en conjunto operan anulando la capacidad del Estado para desarrollar políticas de largo plazo, de interés general.

La otra opción, hoy casi olvidada, entiende que la función del Estado es buscar un camino que contemple el interés de todos, inmediato y mediato; que formule políticas de largo plazo y las desarrolle aún a costa de intereses que en lo inmediato resulten perjudicados. Que actúe según criterios de racionalidad, distanciado de los intereses que debe regular. Esta segunda opción se asocia con una concepción republicana del gobierno, con el respeto de la ley como criterio fundamental, y también con una participación activa de los ciudadanos, no solo como demandantes sino como contribuyentes en esa tarea colectiva que el Estado encabeza. Esta concepción del Estado aparece en la mayoría de las manifestaciones públicas de los dirigentes políticos, pero está habitualmente ausente de las prácticas de quienes son elegidos para gobernar, quizá porque llevarla adelante significa en lo inmediato chocar con intereses muy sólidos, contra los cuales el Estado está casi inerme.

Avanzar en este camino significa –digámoslo llanamente- enfrentarse con porciones importantes del peronismo, largamente acostumbradas a un manejo prebendario del Estado. La posición realista y desencantada que la crisis nos ha obligado a asumir nos recuerda que este cambio de rumbo no se logra en un día. Pero si el nuevo presidente, formado en el peronismo y respaldado también por un amplio abanico independiente, logra avanzar algo por este camino, habrá justificado este modesto pero generalizado optimismo que su elección genera.

Publicado en Debate

Etiquetas: Crisis de 2001, Elecciones de 2003. Kirchner y el peronismo, Expectativas

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