Luis Alberto Romero

artículo publicado

12 de diciembre de 2012

Un soplo de optimismo

Cristina Fernández, en medio de frases espeluznantes dignas de un duce o un führer, ha reclamado “decoro republicano”. Es la primera frase alentadora que le escucho. Una frase que permite ilusionarnos con un futuro mejor y posible, si superamos esta emergencia.

La Argentina vive una larga crisis, que en mi opinión se inicia a mediados de los años setenta. Hemos tenido explosiones y emergencias, en 1982, 1989 y 2001, y también períodos de relativa estabilidad y engañosa prosperidad.

Hoy la larga crisis sigue abierta y hasta parece que nos acercamos a una nueva emergencia. No nos preocupan, como en las anteriores, la deuda externa impagable, la inflación desatada ni una posible maxidevaluación. La crisis reside, en primer lugar, en la mala gestión acumulada y en la explosión de todos los problemas postergados o mal arreglados, como el del transporte. Hoy se advierte la futilidad de las políticas de emergencia aplicadas en estos años, que exigen siempre nuevas medidas de emergencia.

Pero, a la vez, una convocatoria a una amplia colaboración de todos los sectores, unida a una gestión razonable, podría poner en marcha las soluciones, que a diferencia de otras ocasiones no son imposibles. Sin embargo, no hay muchas esperanzas de que el gobierno de Cristina Fernández cambie su comportamiento.

El núcleo de la emergencia que afrontamos es político e ideológico. El estilo de gobierno kirchnerista salió de madre al comenzar su tercer período, en el 2011. Entonces se hizo claro el sentido del lema “ir por todo”. Se trataba de las instituciones de la república, o lo que quedaba de ellas. Sospecho que los objetivos específicos declarados –por ejemplo aniquilar el Grupo Clarín– son una manera de demostrar que todo el poder del Estado está en su jefe de gobierno y que el régimen político ha dejado de ser republicano para convertirse en un autoritarismo de legitimación democrática.

En perspectiva, vemos que los Kirchner descartaron en varias ocasiones la posibilidad de cambiar este rumbo y, por el contrario, avanzaron más profundamente en este sentido. Las dificultades que encuentra el proyecto reeleccionario y la posibilidad de transitar durante tres años viendo como compiten los aspirantes a sucederla probablemente agreguen una dosis adicional de empecinamiento.

Pero a fines del 2012, como antes en el 2008 y el 2009, se encuentra con manifestaciones de descontento muy fuertes y diversificadas: en la calle, en los sindicatos, en los partidos, en el Poder Judicial e, incipientemente, en el justicialismo, que sigue a los jefes victoriosos pero no a los derrotados a término.

Quedan tres años de gobierno de Cristina Fernández. No cumplir el término sería un golpe muy fuerte a las instituciones. A la vez, es difícil imaginar cómo una destituyente por naturaleza –eso ha sido la presidenta– los transitará, si no es dando ella misma esos golpes. ¿Habrá un final wagneriano, con derrumbe del Valhalla? Esperemos que no, y hagamos todo lo posible para que así no sea.

Sobre todo porque, si se supera esta peripecia, se avizora un camino posible no sólo para salir de esta emergencia sino para desandar la larga crisis argentina. Por primera vez en mucho tiempo –al menos todo el tiempo que yo puedo recordar– la Argentina está libre de las grandes condenas económicas. La sólida base de sus exportaciones –en parte mérito propio y en parte de la coyuntura internacional– puede permitir salir de la emergencia y reconstruir la economía y la sociedad.

Muchas cosas están terriblemente enredadas, pero no es imposible reconstruir el orden de los superávits gemelos, como lo hizo Roberto Lavagna en circunstancias tan complicadas como ésta. Los pasos siguientes han de ser transmitir este impulso sectorial al conjunto de la economía, para construir un crecimiento menos espectacular pero más sustentable, y comenzar el complejo trabajo de disolver el mundo de la pobreza y acabar con la brecha social de la exclusión, que es nuestra lacra mayor. Quizá cuando se vean los resultados, la brecha ideológica que hoy existe comience a reducirse.

Además del impulso de la economía, todo esto requiere una herramienta de la que hoy carecemos: un Estado. Está destrozado y hay que recomponerlo. Es sin duda la primera tarea. ¿En qué consiste? La presidenta, en medio de palabras destructivas, encontró una fórmula hermosa, clara y contundente: el decoro republicano.

Esto significa, naturalmente, restablecer las instituciones de la república y reducir al mínimo la corrupción, que hoy cuesta muy cara. Luego, hay que recuperar la eficiencia de cada una de las agencias estatales para que puedan ejecutar y aconsejar. Sobre todo, hay que recuperar la capacidad de dinamizar desde el Estado la reflexión de la sociedad, según la transparente formulación de Émile Durkheim.

Esto significa promover los circuitos por los que las iniciativas estatales, políticas y técnicas circulan por los órganos de pensamiento de la sociedad –el parlamento, la prensa, la opinión, los partidos– y retornar al punto de origen con el acuerdo necesario –nunca unánime– que permita formular políticas sostenidas, políticas de Estado. La Argentina ha vivido su larga crisis en emergencia y sólo saldrá de ella con políticas de Estado. No es imposible.

Publicado en Río Negro

Etiquetas: Cristinismo, Diálogo

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