Luis Alberto Romero

artículo publicado

24 de mayo de 2002

Una brecha que debe ser cerrada

El 25 de Mayo de 1810 nació la patria. Asentado en las profundidades de nuestro sentido común, lo que todos aprendimos en la escuela se nos aparece como natural e indiscutible; niños y jóvenes, por su parte, siguen recibiendo en el colegio la misma versión, repetida también por un variado conjunto de narradores de historias pasadas: todo comenzó en Mayo.

Pero hace tiempo que los historiadores profesionales, los historiadores en serio, vienen criticando esta explicación. Coinciden en que los sucesos de Mayo de 1810 no fueron el fruto de un plan previo sino la imprevista consecuencia de un evento lejano: el derrumbe del Imperio Español luego de la invasión napoleónica. En Buenos Aires, como en cada ciudad importante de Hispanoamérica, un grupo de vecinos se hizo cargo del gobierno, de manera provisoria, sin saber bien para quién ni contra quién.

Pronto la guerra, que enfrentó a patriotas y realistas, definió los bandos y las identidades de los contendientes. Los de acá no se identificaban como argentinos, ni como chilenos, peruanos o venezolanos. Tales nociones le habrían resultado extrañas al San Martín que cruzó los Andes: para él, y para sus contemporáneos, eran americanos, que luchaban contra los “godos”. Afinando el criterio, eran de Potosí, Salta, Córdoba o Buenos Aires, donde acostumbraban llamarse argentinos. El derrumbe institucional arrastró los virreinatos y las intendencias heredados, y solamente se detuvo en las unidades mínimas, las ciudades, pronto transmutadas en provincias.

De inmediato vino el largo ciclo de las guerras civiles. Al cabo de muchas batallas y de bastante barbarie, esas provincias llegaron al acuerdo mínimo para la organización de un Estado. Quienes lo proyectaban, y se ilusionaban con la prosperidad que traería la paz, imaginaron una nación que diera identidad a los habitantes de la ahora sí denominada Argentina. Según las ideas románticas de la época, esa nación que se proyectaba, donde todo estaba por hacerse, debía ser liberal y progresista, y además debía tener un origen firme, lejano y mítico, que estuviera más allá de las controversias del presente. Bartolomé Mitre, que contribuyó de manera principal a la consolidación del Estado argentino, escribió la historia de la nación que lo sustentaba, esa nación que —afirmaba— era preexistente. En suma: “inventó” la nación.

Esto pensamos hoy los historiadores. Estamos lejos de lo que se enseña en la escuela, y también del sentido común. Sin duda, hay una brecha que debe ser cerrada, pues en Historia, tanto como en Física o Matemáticas, no puede admitirse tal distancia entre el saber científico y el escolar. Pero hay que hacerlo con cuidado. Este relato mítico es hoy uno de los escasos soportes de la comunidad nacional, que ya no puede apoyarse ni en las fuertes identidades políticas que tuvimos en el siglo XX ni tampoco en la convicción de un prometido “destino de grandeza”. La subsistencia de esta comunidad nacional —histórica y contingente, como todo lo humano— no está asegurada ni mucho menos.

Colocar la nación en la historia, mostrar su contingencia, no significa desvalorarla. Por el contrario, si sabemos plantear adecuadamente las cosas, se nos presentará como el laborioso logro de muchas generaciones de compatriotas, quienes no fueron héroes inmarcesibles, de designio infalible:sólo hombres, como nosotros. Casi a ciegas y tanteando, construyeron algo más que un mito. La nación, bastante distinto de la que imaginaron, fue sin embargo algo valioso: una forma, un modelo de sociedad y de Estado. Si es así, esos hombres merecen de nosotros algo más que un recuerdo ritual y mecánico: merecen la asunción cotidiana del compromiso de recrear permanentemente esto que recibimos, tan frágil. Así mirado, y hablando como ciudadanos, quizá podamos volver a pensar que todo comenzó en Mayo.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Historia escolar, Historia mítica

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