Luis Alberto Romero

artículo publicado

4 de abril de 2009

Una historia ejemplar

A medida que el tiempo difumina mis recuerdos, algunas imágenes de José Luis Romero ganan en claridad y en significación. Una de ellas es de 1964, cuando mi padre era decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Una noche irrumpió un grupo de militantes peronistas -poco conocidos entonces- con instrumentos contundentes y dispuestos a romper una asamblea estudiantil que transcurría en el Aula Magna. Mi padre salió de su oficina, encaró al jefe del grupo y le ordenó que “se mandara mudar”. Solo. Respaldado por su autoridad personal -que era mucha- y por la confianza física adquirida en sus años juveniles de boxeo. Por alguna razón, el grupo se retiró. En seguida nos dijeron que el jefe era Pocho Rearte, mítico jefe del movimiento revolucionario peronista, y que usualmente estaba “calzado”.

La otra imagen es más pacífica y cotidiana. Lo veo en el jardín de Adrogué, conversando pausadamente con dos albañiles que estaban haciendo algún trabajo: los dos, italianos, comunistas y filósofos. También lo veo en la casa de Pinamar, conversando con otro albañil, italiano y filósofo pero fascista. En los dos casos, desplegando sus ideas y encantado con la conversación, pero a la vez -ahora lo sé- escuchando intensamente, exprimiendo a sus interlocutores, aprendiendo sobre sus vidas, su oficio y su manera de ver el mundo.

No son recuerdos caprichosos, sino reveladores de dos aspectos característicos de José Luis Romero. Fue un intelectual militante, vital y apasionado, que en algunas ocasiones se puso por entero al servicio de una convicción. Fue también un historiador artesanal y riguroso, apasionado por un problema, una pregunta y una idea, dispuesto a aprovechar cada ocasión para aprender cosas de la vida cotidiana y, con una admirable operación intelectual, transformarlas en partes de la vida histórica.

EL PROYECTO DE UN HISTORIADOR

Ruggiero Romano distinguía entre los pequeños maestros, que cada semana se entusiasman con una idea distinta, y los grandes maestros, que tienen una sola idea, a la que consagran su proyecto intelectual y su vida. José Luis Romero fue un historiador de una idea. La concibió en 1933 -veinteañero, recién graduado y recién casado- y la formuló en una laboriosa conferencia, que hoy puede leerse en La vida histórica . Tulio Halperin Donghi señaló que allí estaba contenido todo su programa intelectual, desarrollado a lo largo de su vida. En 1953 desplegó la idea en un libro breve, de admirable concisión: La cultura occidental . En rigor, a lo largo de su vida no se ocupó sino de ese tema.

En 1953 ya había dejado atrás su etapa inicial, de historiador de la Antigüedad, interesado en los conflictos sociales y políticos de Grecia y de Roma. Dedicado de lleno a la historia de la Edad Media, encontró en sus siglos iniciales los elementos fundadores de la cultura occidental. Exploró así el lento extinguirse del mundo antiguo y la confluencia conflictiva de sus tres legados principales: el romano, el germánico y el cristiano. De eso trata la primera parte de uno de sus libros más importantes: La revolución burguesa en el mundo feudal , publicado en 1967, tras casi treinta años de trabajo e investigación.

El núcleo de su investigación no estuvo en la ocasión en el mundo feudal maduro -primera etapa sólida de la cultura occidental- sino en otro momento inicial, de crisis y surgimiento, que ubicó en el siglo XI: la emergencia del mundo urbano y burgués en los entresijos del vigoroso mundo feudal. Allí encontró la clave del mundo occidental. En las ciudades medievales, islotes amurallados, percibió la prefiguración de las modernas sociedades de clase. En los incipientes valores y actitudes de los reducidos grupos burgueses advirtió el esbozo claro de la cultura moderna. EnCrisis y orden en el mundo feudal -publicado en 1980, luego de su muerte-, estudió las relaciones simbióticas y conflictivas entre ambos mundos en los siglos XIV y XV. Desde los intersticios feudales, el mundo de las burguesías llegó hasta a hacerse un lugar en la época de las monarquías absolutas, y emergió en su plenitud, a fines del siglo XVIII, a medida que se iban derrumbando los regímenes antiguos. En cada lugar surgió con su propio tiempo y con sus singularidades, pero con una marca común que -según creía Romero- era más fácil de percibir para quien mirara el mundo europeo desde una cierta distancia.

Al final de su vida, José Luis Romero había iniciado el estudio sistemático del despliegue burgués en los siglos de la modernidad. Algunos anticipos de sus ideas se encuentran en Estudio de la mentalidad burguesa -basado en un curso que dictó- y en el reciente La ciudad occidental . También en un ensayo apasionado: El ciclo de la revolución contemporánea, publicado en 1948. Al igual que en el caso de la sociedad feudal, la etapa de madurez y plenitud del mundo burgués le interesó menos que su crisis, que se iniciaba con las revoluciones de 1848 y culminaba en el período entre las dos guerras mundiales. En 1948 José Luis Romero, escribiendo sobre su pasado reciente, avizoraba en el futuro el advenimiento del socialismo. Veinte años después, en un mundo distinto, encontró las huellas de la crisis y de la emergencia de lo nuevo en el hippismo y otras formas del disconformismo de los años setenta.

También incluyó a América latina en su interpretación. En Latinoamérica, las ciudades y las ideas(1976), hizo un formidable esfuerzo por encuadrar dentro de una perspectiva única tantas historias diferentes, sin forzar sus singularidades. Al igual que para Sarmiento, en quien admiraba la capacidad para interpretar la “historia profunda”, las ciudades fueron su clave. En el siglo XVI las ciudades, implantadas en Latinoamérica, resumían la experiencia occidental. Desde entonces siguieron un camino original, en permanente y creadora tensión con el campo, hasta llegar a las formidables megalópolis actuales.

“Sólo conociendo la historia medieval puede entenderse cabalmente la historia argentina”, afirmaba de manera polémica. Aunque no se ocupó sistemáticamente de ella, escribió un libro devenido en clásico: Las ideas políticas en Argentina , que muchas veces caracterizó como “el libro de un ciudadano”. Fue publicado en 1946, lo que da un indicio cierto de esas preocupaciones. Pero además, desarrolló una idea seminal: el papel central de la inmigración masiva en la conformación de la sociedad del siglo XX, que caracterizó como “aluvial”. Aunque el punto de partida de esta interpretación estaba lejos de la Edad Media, finalmente empalmaba con su mirada más general del proceso occidental, como se comprueba en un hermoso texto dedicado a la historia de Buenos Aires.

UN ARTESANO DE LA HISTORIA

 

Cada uno de sus trabajos ocupa así un lugar en su historia de largo alcance. Un proyecto desmesurado, quizá. Mucho más si se considera la precariedad de sus medios. Por distintas razones, su vida profesional transcurrió en la marginalidad institucional. Antes de 1945 había llegado a tener una posición precaria en la universidad. En los diez años siguientes fue separado de sus cargos y vivió la azarosa existencia del opositor al régimen. Durante unos pocos años -brillantes para la familia- fue profesor en la Universidad de la República, en Montevideo. Pero en 1953, cuando el gobierno prohibió sus viajes, volvió a los trabajos ocasionales; entre ellos, fue editorialista de cuestiones internacionales en LA NACION. Sólo entre 1958 y 1965, apenas ocho años, tuvo una experiencia universitaria plena.

Su vida de historiador transcurrió esencialmente en ese escritorio de la casa de Adrogué, rodeado de bibliotecas que él mismo fabricaba en su taller de carpintero. Con una ventana al jardín, en el que trabajaba un par de mañanas a la semana, y una puerta a la galería, donde se sentaba por las tardes, con su pipa, a mirar y pensar.

Los recursos académicos eran escasos. Tenía amigos y colegas inteligentes con quienes conversar, pero no había ayudantes ni tesistas, ni siquiera buenas bibliotecas. La suya era todo lo buena que puede ser una biblioteca particular, bien nutrida en algunas partes y despareja en otras. Laboriosamente reunió una buena colección de fuentes medievales. Con una beca Guggenheim, pasó casi un año en la Widener Library de Harvard, de donde volvió con una carga de microfilmes de fuentes medievales, que leía con un lector casero, fabricado a partir de un extraño aparato óptico. Recibía un par de revistas especializadas y aprovechaba los viajes para ponerse al día con la bibliografía. Esto, hasta un momento en que dejó de interesarse en lo que pensaban otros y se concentró en desenvolver sus propias ideas.

Para eso necesitaba otras “fuentes”. A la distancia, me admira su capacidad para obtener de los más variados lugares la información que necesitaba. Exprimía la literatura, la buena y la mediocre, buscando en ella las ciudades, las sociedades, las mentalidades. Armó un pintoresco archivo de ilustraciones y de mapas, y usó a fondo las guías Michelin o un diccionario Larousse del siglo XIX, que contenían información pura, sin nada que la interfiriera. En sus viajes exprimió las ciudades, que recorrió palmo a palmo: se jactaba de conocer sistemáticamente cien de ellas. Finalmente, estaba la gente. Cultivaba la sociabilidad y la disfrutaba plenamente; le dedicaba muchas horas, pero no perdía el tiempo, pues nunca abandonaba su actitud heurística. Como en el caso de aquellos albañiles, sabía extraer de cada uno la información, las formas de pensar o de hablar que lo ayudaban a dar forma a su interpretación. Todo era historia para este historiador integral, capaz de ubicar cada fragmento de vida en un casillero, una pregunta, un proceso.

Luego venía el análisis. Sus apuntes de trabajo demuestran el “obstinado rigor” -una de sus citas preferidas- con que desplegaba y desarrollaba sus ideas, en esquemas sucesivos que perfeccionaban y sistematizaban las intuiciones originarias. Las clases y conferencias -siempre cuidadosamente preparadas- eran parte principal de esa macerada elaboración; eran sobre todo el momento de plasmar el proceso abstracto en el caso singular, significativo e iluminador. Finalmente escribía. En esos días abandonaba sus rutinas -el trabajo en el jardín, el atardecer contemplativo-, se encerraba y se concentraba, incluso sin la música que habitualmente lo acompañaba. Con su pequeña máquina de escribir Olympia. Allí se operaba lo que juzgo un pequeño milagro, una suerte de transustanciación: la transformación de los esquemas en vida histórica, clara y compleja a la vez, y sobre todo viviente, tan viviente como puede serlo una novela de Balzac o Galdós.

UN INTELECTUAL MILITANTE

José Luis Romero solía decir que al historiador no le interesa el pasado muerto sino el que está vivo en el presente. Ese interés se ligaba a un fuerte compromiso con el futuro. Historiador y ciudadano, se sentía comprometido con un proyecto para la sociedad -el humanismo, la democracia, el socialismo- que deducía del proceso histórico y a la vez fundaba en valores personales. En ocasiones, el rigor reflexivo dejaba paso a la acción y allí afloraba, junto con el intelectual, el militante.

Antes de 1945 simpatizó activamente con la reforma universitaria, el antifascismo y el socialismo. Pero sólo se afilió al Partido Socialista en 1945, convencido de que el momento requería un compromiso activo. El triunfo peronista lo alejó de la conducción socialista, cerradamente antiperonista. Él en cambio insistió en distinguir a Perón de la clase trabajadora, en cuya movilización vislumbró un paso en el sentido del socialismo. Así lo escribió en varios artículos y en el capítulo sobre el período peronista que en 1956 agregó a Las ideas políticas en Argentina .

En 1955 comenzó su ciclo más activo. A propuesta de los estudiantes, fue designado rector interventor de la Universidad de Buenos Aires. Fueron unos pocos meses. Le bastaron para desplazar a los sectores católicos tradicionales que la habían dominado durante el peronismo y para echar las bases de la más brillante etapa de la Universidad de Buenos Aires. Por entonces ya era uno de los “maestros de juventudes”. En La experiencia argentina están reunidos los textos de esos años de militancia universitaria, junto con los de otra militancia, también tempestuosa, en el Partido Socialista. En 1956 fue convocado por el sector juvenil, que se proponía ofrecer desde el socialismo una alternativa para los trabajadores peronistas. Integró la dirección partidaria, estuvo en el tumultuoso congreso divisorio y participó en campañas electorales. En las sucesivas divisiones, acompañó al sector juvenil radicalizado; pero en 1962 decidió que no podía seguir ni a quienes se incorporaban al peronismo ni a los que optaban por la lucha armada.

Ese año asumió otro compromiso: el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras. Acompañó y profundizó el proceso de modernización académica -sus emblemas fueron las nuevas carreras de Sociología y Psicología- pero también le tocó asumir el problema de la creciente radicalización estudiantil, que comenzaba a cuestionar la legitimidad del trabajo institucional universitario. Su prestigio le alcanzó para encauzar el activismo estudiantil y también para enfrentar a los sectores que propiciaban la intervención a la facultad izquierdista. Pero adivinó que esa autoridad pronto sería insuficiente y en 1965 renunció al decanato, a la cátedra y a la universidad.

Junto con esa militancia activa y ocasional practicó otra, permanente, en el campo de la cultura. Algunos proyectos llevan su marca, como la revista Imago Mundi , editada entre 1953 y 1955, donde reunió a los mejores intelectuales marginados de la universidad, junto con el grupo más joven y contestatario de la revista Contorno . Su emprendimiento más trascendente fue el Centro de Historia Social, creado en la Facultad de Filosofía y Letras en 1958. Historia Social impulsó la renovación entre los historiadores, conjugando diversas corrientes nuevas, como la francesa de Annales, la del desarrollo económico y la marxista. Historia Social también se proyectó entre la primera generación de sociólogos, a través del proyecto de investigación dirigido junto con Gino Germani sobre el impacto de la inmigración masiva.

En ese plexo de corrientes, el lugar de José Luis Romero era algo ambiguo. Su impulso renovador fue grande y reconocido, pero su estilo de historiador no encajaba exactamente con ninguna de las corrientes de moda. No era ni definidamente marxista ni definidamente estructuralista. En cierto sentido, su interés por la historia de la cultura era considerado un poco de viejo estilo, lo mismo que sus preocupaciones por el socialismo, la democracia y el humanismo. Esos cuestionamientos no disminuyeron su enorme atractivo como profesor. Admiraba a sus alumnos y oyentes su capacidad para presentar problemas complejos en términos sencillos. Luego, su arte para los ejemplos justos, significativos para cada uno de sus oyentes. Pero lo más cautivante era su capacidad para encontrar, en cualquier proceso, un sentido profundo, que unía el pasado con el presente, y el presente con el futuro proyectado.

LA MADUREZ

A fines de 1965, con 56 años, José Luis Romero volvió a su escritorio, su jardín y su casa de Pinamar, donde estaba desarrollando otro gran proyecto: transformar un médano de arena en un parque. Nunca su marginalidad fue tan grande. En los años finales de su vida estuvo alejado de la vida pública. Esporádicamente opinó, en artículos periodísticos. Siguió dando conferencias, en lugares no académicos, y ocasionalmente fue visitado por alumnos. No tenía nada que ver con la derecha dictatorial, pero tampoco con los jóvenes radicalizados. Su estilo intelectual, riguroso y matizado, no encajaba con la polarización militante de entonces. Mucho menos, en tiempos de revolución, sus aspiraciones democráticas y socialistas.

Pero a la vez, fueron los años de más intensa ebullición intelectual. Planeó los libros que quería escribir, en los veinticinco años de vida útil que calculaba tener. Fueron cinco, en principio, aunque el plan seguía expandiéndose. Probablemente ya los tenía todos en su cabeza, y pudo trabajar simultáneamente en ellos. Concluyó su estudio sobre América latina y casi terminó el volumen que continuaba La revolución burguesa en el mundo feudal , aunque quedaron pendientes otros dos, que cerrarían el gran proyecto sobre el mundo occidental. También concibió un par de libros sobre las ciudades y otro sobre la vida histórica, que sintetizaría su experiencia en el oficio. En esos años viajó intensamente por las ciudades de Europa y América latina. De cada una traía una variada colección de historias urbanas, novelas, planos y guías turísticas. La casa de Adrogué también entró en ebullición. A medida que sus hijos la fueron abandonando, las habitaciones desocupadas se llenaron de atriles, exhibidores de imágenes y ficheros, puestos al servicio del proyecto de las cien ciudades por estudiar.

A principios de 1976, en el pico de su producción, apareció Latinoamérica, las ciudades y las ideas . Poco después, los militares allanaron la casa editorial que lo había publicado. En setiembre de ese año se editó Conversaciones con José Luis Romero , maravilloso testimonio de su pensamiento maduro, logrado por Félix Luna. Su editor fue Jacobo Timerman, poco después detenido. Ese año lo vi a mi padre triste y abatido, cosa rara en un optimista por naturaleza. Sin embargo, en medio del desastre y la diáspora, creyó que había llegado el momento de contribuir a salvar lo que se pudiera. Pero murió, repentinamente, a principios de 1977, en Tokio, durante una reunión del Consejo de la Universidad de las Naciones Unidas. Muchos libros quedaron sin escribir. Mi hermana me dijo que siempre habría tenido libros proyectados. Es cierto. Su proyecto de historiador, concebido cuando aún no tenía treinta años, seguía todavía desplegándose.

CLAVES BIOGRÁFICAS

José Luis Romero (1909-1977) fue uno de los más notables historiadores argentinos. Se doctoró en la Universidad Nacional de La Plata. Enseñó en las universidades de La Plata y de la República, en Montevideo, y desde 1958, en la de Buenos Aires, donde fue rector entre 1955 y 1956, y decano de su Facultad de Filosofía y Letras, entre 1962 y 1965. Allí fundó la cátedra de Historia Social General, que tuvo gran influencia en la renovación historiográfica de la década de 1960. En 1975 fue convocado para integrar el Consejo Directivo de la Universidad de las Naciones Unidas.

José Luis Romero se especializó inicialmente en historia antigua. Desarrolló luego una larga investigación sobre el mundo urbano y la mentalidad burguesa que culminó en sus tres obras mayores: La revolución burguesa en el mundo feudal (1967), Crisis y orden en el mundo feudoburgués , publicada póstumamente en 1978, y Latinoamérica, las ciudades y las ideas (1976). Paralelamente, en calidad de historiador y de ciudadano, se dedicó a la historia argentina y escribió en 1946 una obra clásica: Las ideas políticas en Argentina (1946) y un conjunto de textos más breves, reunidos en La experiencia argentina (1978). La editorial Siglo XXI ha publicado también su ensayo La cultura occidental (1950) y La vida histórica (1987), una compilación de sus textos sobre cuestiones historiográficas.

LA FORJA DE UN HIJO Y DE UN DISCÍPULO

Comencé de chico como ayudante de mi padre. La jardinería me pesaba como un impuesto. En cambio, la carpintería me gustaba. Al principio, me sentaba encima de los tablones, sosteniéndolos mientras los serruchaba. Después pasé a hacer agujeros y fresados, y finalmente llegué al corte, el ensamblado y atornillado, aunque no alcancé el nivel del encastre. En 1958 trabajamos intensamente, haciendo el mobiliario básico para la nueva casa de Pinamar: camas, mesas, bibliotecas y hasta unas lámparas, con piezas viejas de auto. La biblioteca que aún uso fue mi primera obra completa, aunque hecha bajo tutoría.

También empecé de chico como ayudante de investigación, por así decirlo. Al principio escribía el pie de las fichas que usaba: Raúl Gláber, Guibert de Nogent o Raimundo Lulio. Entre 1954 y 1955 tuve una tarea más seria. El diario LA NACION -más precisamente don Juan Valmaggia- le encargó los editoriales sobre política internacional. Fueron más de sesenta editoriales, que hoy pueden leerse en su sitio web ( http://jlromero.com.ar ). Yo tenía diez años. Mi trabajo consistía en volcar, en hojas que correspondían a los distintos países, la información internacional cotidiana, que mi padre me señalaba. También tuve que aprender los nombres de los gobernantes de los países más importantes, basándome en algunos volúmenes del World Almanack. Recuerdo a Pierre Mendès France, Anthony Eden, John Foster Dulles o el misterioso Nicolai Bulganin, que un día, sorpresivamente, remplazó en la URSS a Georgi Malenkov.

De chico y de joven conversaba mucho con mi padre. Me gustaba acompañarlo al atardecer, cuando se sentaba en la galería de Adrogué o en la de Pinamar, a fumar su pipa, beber su whisky y contemplar el crepúsculo. Muchas veces venían amigos y entonces desplegaba su mejor vena sociable. Otras, los atardeceres eran melancólicos, pues a veces le daba un descanso a su optimismo radical. En una época, cuando me interesé por la música y la tecnología del Winco lo permitió, agregamos otro placer: escuchar en el jardín Orfeo y Eurídice, la ópera de Gluck, en alguno de los anocheceres mágicos de Pinamar.

Cuando entré a la Facultad, en 1962, fui su alumno, y compartí mi entusiasmo de hijo y de aprendiz de la historia con muchos otros de mi edad, cautivados todos por su magia docente. A la vez, comencé a inquietarme por las críticas que circulaban en el ambiente estudiantil. Particularmente las de quienes ponían en duda “el marxismo de Romero”. Mis lealtades estaban en conflicto, pues en mi Facultad, a comienzo de la década del sesenta, nada valioso podía existir fuera del marxismo. Mi alma dividida alcanzó a reconciliar sus dos partes en 1965, cuando una columna con lo más granado de la dirigencia estudiantil de entonces marchó una noche a Adrogué para pedirle que reviera su decisión de renunciar al decanato.

Después de 1966 tomé algo de distancia. Perdí un poco el trato cotidiano, aunque a la vez comencé una colaboración profesional más sistemática, sobre todo entre 1972 y 1974, cuando codirigimos una monumental historia de América latina en fascículos. En 1975 vi sobre su escritorio el original completo de Latinoamérica: las ciudades y las ideas. No sabía que había estado escribiéndolo. Lo leí, ya como joven colega, le hice un par de observaciones -seguramente algo pedantes- y lo ayudé con el listado de las fuentes utilizadas. Todo eso, con una sensación de deslumbramiento: me daba cuenta de que había leído una obra asombrosa.

Quizá por entonces la figura del padre dejaba paso, en mi interior, a la del gran historiador. En realidad, creo que lo descubrí en toda su dimensión después de su muerte. Sobre todo cuando leí sus textos con la especial atención que pone un docente que ha de discutirlos con sus alumnos. Por entonces -en la década del ochenta- yo estaba interesado por algo novedoso: las cuestiones culturales. Creí aprender esto en los historiadores ingleses, como E. P. Thompson o Raymond Williams. Pero releyendo los textos de mi padre, descubrí que todo ya estaba allí dicho, procesado, analizado. Me volvió a pasar posteriormente con otros temas. Sé que en toda lectura, el lector pone tanto como el autor. También constato que otros no leen exactamente lo mismo que yo. Pero es sabido que sólo los grandes autores, los clásicos, hacen posible ese juego de lecturas diversas, renovadas, enriquecidas. Me pasa lo mismo con otros grandes historiadores, no muchos. Y estoy convencido de que mi padre está entre ellos.

Publicado en ADN Cultura - La Nación

Etiquetas: José Luis Romero

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