Luis Alberto Romero

artículo publicado

5 de septiembre

Una memoria abierta del pasado

Quizá Macri esté pensando en invadir las Malvinas. ¿Por qué no? Ya se sabe que él “es la Dictadura”, que sus políticas son neoliberales, que hambrea y reprime al pueblo y -novedad reciente- que promueve la desaparición forzada de personas.

Así piensan los enragés, los rabiosos, como se les decía durante la Revolución Francesa, que siguen librando la “batalla cultural”, y aunque disparatan, saben dónde y cómo actuar. Lo mostró hace pocos días, con motivo del caso Maldonado, la sectaria acción impulsada por CTERA en las aulas.

Estos grupos obnubilados por la fantasía, comunes en el mundo, son hoy un problema serio en la Argentina. El país necesita debatir y llegar a acuerdos sobre cuestiones tan importantes como urgentes. La tarea requiere calma, reflexión y ánimo conciliador. Esta interferencia, ruidosa e irritante, la hace difícil. Es lo que se proponen.

Un grupo, minoritario pero efectivo, se atrinchera detrás de la brecha discursiva que han construido. Otro grupo -por suerte, menor- les hace el juego devolviendo insultos y piedrazos. Entre ambos corre el “relato”, la admirable construcción que nos legó el kirchnerismo, cuyo atributo principal reside en reconstruir permanentemente esa división, sumando y articulando divergencias y conflictos parciales.

Su éxito reside en la capacidad para integrar tres tradiciones que ya estaban hondamente instaladas en nuestra cultura política. La primera es una versión nacional y popular de nuestro pasado, que habla de la lucha eterna entre el pueblo y la nación, amenazados por los grandes poderes mundiales y sus socios o agentes locales. Es una idea arraigada en el sentido común de los argentinos.

La segunda, más cercana y acotada, es el “setentismo”, una versión en clave revolucionaria de aquel relato, cuyos protagonistas son las organizaciones que hablan en nombre del pueblo, con la palabra o el fusil. Tuvo su éxito en los años setenta, y ha reverdecido recientemente, en una versión nostálgica pero muy activa.

La tercera proviene de una rama del movimiento por los derechos humanos, cuya raigambre originaria fue incuestionablemente liberal. Ya en 1984 fue visible el desarrollo de una línea intransigente -las señoras Bonafini y Carlotto son sus figuras más conocidas- , que se desinteresó del Estado de Derecho y se concentró en el juicio y castigo a los represores y en la reivindicación de sus víctimas, los militantes combatientes.

El kirchnerismo hizo una síntesis admirable de estos tres segmentos, que unidos se potenciaron. Pero además, durante doce años usó las herramientas del Estado para implantar su relato en diversos lugares, desde la educación hasta los medios de comunicación, pasando por los lugares de memoria, los monumentos, los feriados y celebraciones patrióticas y cualquier otro lugar en donde coincidieran la militancia social con el generoso apoyo del Estado.

Este relato, que ensambla poderosamente presente y pasado, está hoy instalado en nuestra memoria colectiva, de manera perturbadora y traumática. Aunque su base está en el kirchnerismo militante, su polivalencia le permite sumar a otros sectores, sensibles a esas consignas. Es posible que el kirchnerismo se diluya, pero esta memoria acuñada se conservará allí donde quedó instalada, como por ejemplo en muchas vocablos de Wikipedia, reescritos de manera militante. Siempre será un reservorio para lecturas que reintroduzcan la brecha y el conflicto, provocando respuestas igualmente sectarias.

Quizá sea el momento de iniciar una tarea tan difícil como larga: revisar esos núcleos duros, donde cristalizan los sentidos, remover lo que sea sectario y devolver a nuestra memoria histórica su carácter abierto y plural. Es una tarea cívica, que convoca a todos los que, de uno u otro modo, trabajan con la historia pública: maestros y profesores, divulgadores, periodistas, escritores, ensayistas, cineastas, productores televisivos, autores de historietas y tantos otros, sin distinciones ideológicas o políticas.

Los historiadores profesionales pueden aportar las tres claves básicas de su oficio. La primera: enfriar el pasado, desbrozar las pasiones y restituir la verdad en los hechos. La segunda: descartar el anacronismo fácil, como convertir a Mariano Moreno en un detenido desaparecido arrojado al mar. No confundir el pasado con el presente, y tratar de entenderlo en su especificidad. La tercera, la más difícil: postergar el juicio -penal, moral o político- y privilegiar la comprensión, que debe ser amplia y matizada, pues ni el mal ni el bien absolutos existen en la historia humana.

No se trata, en suma, de reemplazar un relato por otro sino de abrir el pasado a una comprensión plural, diversa, que invite a la conversación y a la discusión abierta, para que las opiniones, que deben formarse, tomen en cuenta las de los otros. En suma, una memoria abierta del pasado, que es lo propio de una sociedad democrática y plural. Quizás esto ayude a atenuar la tendencia a abroquelarnos tras las brechas que construimos. Quizá nos ayude a acotar un poco el disparate.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Batalla cultural, Memoria e historia pública, Relato kirchnerista, Revisar la memoria social

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