Luis Alberto Romero

artículo publicado

18 de noviembre de 2018

Violencia, muerte y barbarie en política

¿Cuándo comenzó la violencia, cuya memoria incompleta aún atormenta nuestra vida pública? No se trata de hacer filología histórica sino de rastrear los comienzos de un fenómeno cercano. No se explica mucho vinculando el fusilamiento de Liniers, el descuartizamiento de Tupac Amaru y la manducación de Solís. Tampoco lo explica, aunque sea más próxima, la violencia política del siglo XIX; ni la de las guerras civiles, ni la de virtuosos ciudadano -como B. Mitre- alzándose en armas para defender la república.

Nos referimos a un tipo de violencia propio de la moderna política de masas y de sus pasiones colectivas. Y hablamos de un proceso de barbarización de la política que avanzó por pasos sucesivos, pasando de los gestos a las palabras y de estas a los hechos irrevocables.

Sobre todo, hablamos de una espiral, en la que cada acción suscita una reacción más fuerte. En ese crescendo de largo plazo, la cuestión de quién empezó -típico argumento de quienes hoy discuten sobre los años setenta- deja de tener sentido: a lo largo de un siglo, es difícil que alguien no haya sido, a la vez, partícipe y víctima.

Esta aceleración comienza, quizás, en tiempos del yrigoyenismo, con la descalificación recíproca de oficialistas y opositores, que no ahorraban epítetos, pero no iban más allá. También se la ve en los años de la Guerra Civil Española. Los partidarios locales de uno y otro bando se sentían parte de una cruzada y estaban dispuestos a resolverla por la fuerza, pero el conflicto se dirimía en otras latitudes, y muchos fueron a pelear allá.

Por acá, las tensiones empezaron a pasar de las palabras a los hechos durante el primer peronismo y la Revolución Libertadora. En un contexto de fuerte nacionalización y acelerada movilidad, las “pasiones democráticas” comenzaron a desbordarse, expresando una división que era a la vez política y cultural. Se comenzó con la descalificación social -“oligarcas”, “cabecitas”- y pronto se pasó a las palabras letales, como el “cinco por uno” de Perón o el fin de la “leche de la clemencia”, del profesor Ghioldi. Desde 1953 arreciaron los hechos: las bombas opositoras en una Plaza de Mayo colmada, los incendios del Jockey Club o la Casa del Pueblo, el bombardeo de de junio de 1955, los incendios de las iglesias. Finalmente, los fusilamientos de José León Suárez en 1956, acto fundacional de la otra historia de la barbarie: el terrorismo clandestino de Estado.

Desde 1955, la política se enrareció con la incorporación de grupos de izquierda y del nacionalismo católico, ya presentes en los conflictos de 1958 por “la Laica o la Libre”. Se hizo habitual la presencia de “patotas” y de armas, de “aprietes” y de algunos asesinatos, cuyo crescendo en Mar del Plata ha reconstruido recientemente Mónica Bartolucci.

Por entonces, los términos del conflicto estaban cambiando. La migración hacia el peronismo de grupos de izquierda y de jóvenes militantes católicos llevó la vieja antinomia peronismo/ antiperonismo hacia nuevas formulaciones: pueblo/ antipueblo o nación/imperio.

Por otra parte, se generalizó una insatisfacción y un remedio: el país necesitaba un “cambio de estructuras”. La frase era polisémica. Unos la asociaron con el general Onganía -el “Franco argentino”, decía Mariano Grondona-, y otros con un Perón retornado. Todos coincidían en algo: la maltrecha democracia representativa no servía de mucho, y más bien era un estorbo.

Onganía y sus amigos imaginaron una revolución socialcristiana y corporativa, pero lo que salió fue una combinación de dictadura tradicionalista y economía desarrollista. Hubo crecimiento, se redujo la desocupación y, quizá por eso, subió el nivel de las protestas sociales, motivadas por mil diferentes razones pero unidas por una consigna: contra la dictadura y el imperialismo y por la liberación nacional y social, o viceversa.

Lo que se inicia a fines de los años sesenta -con el Cordobazo, o quizá con el asesinato de Augusto Timoteo Vandor- tuvo algo de prodigioso: la convicción generalizada de que se estaba en la aurora de un mundo nuevo, al que se llegaría por la acción conjunta de la gente de buena voluntad. Fue una verdadera “primavera de los pueblos”.

Solo era necesario tomar el poder; después se vería. ¿Cómo hacerlo? Aquí aparecieron las debilidades de un movimiento fundado en ilusiones. Hubo muchas alternativas -un frente democrático, una insurrección popular, una larga marcha- pero ninguna pareció tan eficaz y romántica como la de las organizaciones armadas.

Por cierto, influyeron el contexto mundial, y sobre todo la Revolución cubana, el faro, y el Ché, el súmmum del voluntarismo y de los fusilamientos, moralmente justificables por sus fines trascendentes. Pero esto no hubiera bastado sin ese clima de segura confianza en la liberación o, más simplemente, en la vuelta de Perón.

En ese clima surgieron las organizaciones armadas. Fueron muchas, pero finalmente quedaron dos: el ERP, marxista y más previsible, y Montoneros, la más sorpresiva, la más exitosa. Lo fue porque tradujo el abstracto conflicto dependencia/liberación en la tangible lucha por la vuelta de Perón, sumando la destrucción de los “gorilas” infiltrados, es decir la burocracia sindical, hasta entonces considerada como la columna vertebral del movimiento.

Ese cambio de enfoque le permitió a esta organización, pequeña y algo torpe, sobrevivir y organizar a su alrededor un vasto movimiento de superficie, que articuló militantes de los más diversos movimientos sociales, con los que rápidamente podía llenar plazas y calles.

Montoneros fue diferente porque se sumó a la democracia de masas y le dio una dirección, si no estratégica, al menos táctica. Pero lo que hoy me importa es otra singularidad. En sus acciones, las organizaciones de tradición guevarista recurrían sin mayores problemas a los asesinatos. Pero el acta de nacimiento de Montoneros, el acto que los lanzó rápidamente estrellato, fue el asesinato de Aramburu, ejecutado fríamente por un joven católico de comunión diaria.

Agnus Dei. Fue una verdadera ofrenda sacrifical, que definió el rumbo singular de Montoneros y encaminó a nuestra experiencia guerrillera -y a la de la consiguiente represión- a convertirse en una de las más desmesuradas en el uso de la violencia.

Los peronistas, sobre todo los nuevos, celebraron alborozados la ejecución del responsable de los fusilamientos de 1956. Una colega memoriosa recuerda cómo saltaba y bailaba, al son de consignas guillotinescas. Otros muchos, con menos desbordes, pensaron que se lo tenía merecido. Muchos lo vieron con naturalidad: la muerte ya empezaba a ser protagonista cotidiana de la política. Pocos se indignaron lo suficiente como para defender los valores de la vida y la convivencia civilizada. En esos días de junio de 1970 el país ingresó en la etapa superior de una barbarie que hoy algunos evocan con nostalgia.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Guevara, Montoneros, Perón, Revolución Libertadora, Violencia

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